Musgo sobre granito

María Ángeles Álvarez


Anhelo de raíces

08/04/2021

Vivimos en una sociedad líquida tal y como nos explica Zygmunt Bauman. Muchas cosas y aspectos de nuestra vida parece que se volatilizan, dejándonos flotar en el vacío tanto a nivel social como existencial. El relativismo sobre las cuestiones cotidianas, formas de vida, valores, anhelos, sensaciones acampa cada día de manera mas rotunda.
La introspección sobre lo esencial requiere de un lugar interior, una habitación propia en la que proceder, tomando la expresión de Virginia Woolf. Requiere por tanto de un lugar en el que, a modo de un jardín, echemos raíces. Así lo refiere de manera muy bella y poética, la poeta norteamericana May Sarton (1912-1995), amiga de Virginia Woolf y de Elisabeth Bowen.  Echar raíces supone tomar posesión de lo que es nuestro y sobre lo que estamos perdiendo el dominio, cuando ya no somos conscientes de nuestros sentimientos, sensaciones, ideales, precepciones para sumergir todo en un magma común dominado por las opiniones manidas y comunes que nos envuelven con sus cantos de sirena.
Este lugar propio requiere para poder habitarlo, de momentos de silencio y de contemplación, como vamos leyendo en el libro de Sarton Anhelo de raíces. Después de una vida como poeta y profesora universitaria completamente transhumante por toda norteamerica, May mirando las pertenencias y enseres de sus padres provenientes de Gantes en Bélgica, decide pararse y buscar un lugar donde colocarlos para que constituyan físicamente el espacio que ella necesitaba para avanzar existencialmente, para constituir su propia casa. Y es que en nuestro interior tenemos también que dejar que echen raíces los recuerdos, las vivencias, las percepciones de toda nuestra vida. 
Y comienza a desembalar su interior mediante los pequeños aspectos y actividades cotidianas como elegir las paredes para colgar los cuadros, el trabajo sobre un terreno de jardín pedregoso, la poda de un árbol, el canto de las bandadas de los colibríes. Y desde ahí, comienza a construir su propia vida, la verdadera, la que tiene que ver con su manera de ser, sentir y vivir, todo estaba preparado para recibir a un invitado, y el invitado de la casa iba a ser yo.
Compró una vieja granja del s. XVIII en un pequeño pueblo llamado Nelson en Nuevo Hampshire. Y poco a poco fue rehabilitándola y construyendo allí su vida y nos describe este intenso proceso cotidiano, mientras pinta paredes de blanco para captar la luz y elige el tono preciso para el suelo de la cocina. Unas bellas reflexiones sobre la amistad y el amor, la presencia real y vivida de las personas amadas que con sus visitas a nuestra casa se quedan viviendo en ella, llenando nuestra vida con su presencia. Sobre la naturaleza, en una relación con ella activa y recreadora de belleza y de vida, mientras se agrieta las manos plantando iris y moldeando parterres de flores. Y nos habla también de manera precisa, sobre el proceso creativo, cómo se desarrolla en medio de los quehaceres dando la vuelta a la existencia por momentos y asombrando en su proceder.
May escribe desde ella misma y retrata de manera exquisita el alma femenina. Al ir leyéndola he vuelto muchas veces a Virginia Woolf, a ese monólogo interior, al flujo de la consciencia que también me acerca a Marcel Proust. Escribiendo sobre lo interior, dando vida en lo relatado a las emociones e interpretaciones sociales y sobre todo las cotidianas de las que tan poco se escribe, incluso hoy en día.  En ese flujo de percepciones aparece la feminidad verdadera que voy compartiendo con la lectura. Lo femenino que lejos de estar sometido exclusivamente a la sexualidad que se mueve entre la heterosexualidad y la homosexualidad, es lo que describe el mundo y lo construye.
En estos días de principios de primavera avanzo por las horas al modo de May, plantando semillas y dejando que mis plantas echen raíces, viendo pasar el tiempo en el invernadero del jardín de la familia.