LA COLUMNA

Aurelio Martín

Periodista


Relatos sin imágenes

08/06/2020

Mientras que se descomponen las relaciones políticas, incluso algunos partidos incrementan sus desencuentros, en lo institucional y en lo interno -solo hay que leer en las redes las expresiones groseras de Juan Carlos Girauta y las salidas de tono de Marcos de Quinto contra sus antiguos compañeros de Ciudadanos- caminamos a esa nueva realidad que nos presentan los avances en la guerra contra la pandemia que ha cambiado la vida de todos, en mayor o menor medida, desde lo personal a lo económico. 
Si volvemos la mirada tres meses atrás podremos comprobar que tenemos un relato sin imágenes con una sociedad infantilizada a quien se le ha entretenido con aplausos -merecidos como el Premio Princesa de Asturias-, al ritmo del Resistiré, en un intento de maquillar el impacto real de esta crisis sanitaria, a la que los Gobiernos, desde el central a los autonómicos, le han colocado un trampantojo para ocultar el drama, mientras que desde otro lado se manipulaba la situación de forma interesada, además de estar consiguiendo con ello que vaya calando su demagogia y se produzca una quiebra social peligrosa.
Cuando no se deja desarrollar el libre ejercicio del periodismo se coarta el derecho a la información de los ciudadanos, y esto ha ocurrido en el intento de cubrir, también gráficamente, todo lo que ha rodeado a la mayor tragedia sufrida en los últimos 100 años, sin la pretensión de buscar el morbo ni lesionar los derechos de los enfermos y familiares a la imagen o al honor, sino de sacar a la luz la realidad, en algunos casos solo posible por el testimonio de los protagonistas, incluso desde el anonimato porque los sanitarios tenían la expresa prohibición de hablar con periodistas.
Cuando las portadas de los periodicos o los informativos de las televisiones abren con imagenes del niño Aylan muerto en una playa, el naufragio de las pateras, los horrores de la guerra en Siria o la destrucción humana de las epidemis en África, en España se ha ocultado lo que estaba ocurriendo a escasos metros de nosotros, con hospitales y residencias de ancianos al límite y morgues improvisadas, con incineraciones exprés, sin despedidas ni acompañamiento. 
No existe la película de la letalidad de la COVID-19, lo que incluso es contraproducente porque ha habido personas que no lo han padecido que le restan importancia, principalmente los jóvenes, lo contrario que ocurrió con el SIDA o el envenenamiento con aceite de colza, donde había más conciencia porque fluyó más la información. Otros países lo han entendido. 
Por ejemplo, en España nunca se podrá hacer una portada como la del New York Times, con los nombres y apellidos de los fallecidos, porque lo impide la ley de protección de datos, pero era la única forma de rendir homenaje a personas en cuya memoria se han pasado días de luto y recuerdo, aunque como seres anónimos porque se les ha ocultado, solo han sido un triste número, incierto por cierto por una guerra de cifras desconcertante.