En corto y por derecho

Chema Sánchez


Carroñeros en plena pandemia

23/01/2021

En España somos muy de saberlo todo, y de hacer poquito. Titulados en escaqueo. El que no hace es el que no se equivoca, desde luego. Somos mucho de criticar, pero nada de exámenes de conciencia, ni aunque lo dictamine el mismísimo Papa Francisco. No nos va. Pasamos… Nos agobia. 
Durante esta maldita pandemia, por si a alguien le cabía alguna duda, esto se ha intensificado hasta niveles estratosféricos. Cósmicos. Siderales. La culpa siempre es de los demás.
Sin embargo, no sufras, no estás solo. Somos todos. Esta circunstancia no es nueva, debe ser que lo llevamos en nuestra genética, esa pátina interna aguerrida que también es curiosa y criticona. Y si no, que se lo digan a las legiones que siguen viendo, tarde tras tarde, noche tras noche, esos programas en los que el gran aporte es hablar de la vida de los demás… Maniobras de distracción a precio de ganga.
A lo que íbamos: aquí somos todos un ejemplo de civismo y buena hermandad, pero la realidad es que cada uno llevamos una mochila diferente, y a cual más piedras porta. Como decía, esto no es nuevo: lo contaba un tal Miguel de Cervantes allá por el siglo XVII, en plena edad de oro de las letras españolas. Concretamente en su segundo libro de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Habría que recordar a todos esos revisionistas, inquisidores de ideas e historias, la importancia que tiene este país que estamos empeñados en destruir -aunque no va a haber manera de hacerlo-, y que esa obra del singular escritor alcalaíno es la segunda más leída en todo el mundo, justo por detrás de La Biblia. Algo tendrá… aunque siempre suene más chic acudir a Shakespeare o a Nakamura.
De hecho, en ese libro que vio la luz en 1605, Miguel de Cervantes se refería a la cita bíblica que apunta que «el que ve la mota en el ojo ajeno, vea la viga en el suyo». Algo que viene a decirnos aquello de que vemos lo que nos parece, conforme a nuestras propias convicciones y conveniencias, y pocas veces reconocemos los errores. Algo que ha agravado esta maldita pandemia.
«Por higiene mental no veo el telediario». La expresión más escuchada… Aunque, eso sí, a la mínima nos creemos con la sabiduría superlativa e inmanente a nuestro ser para juzgar todo cuanto pasa por delante de nuestros ojos. Que si ha nevado como en décadas, pues leña al mono; que si no se vacuna lo necesario, pues sacamos los machetes; que el vecino saca al perro a pasear, entramos en barrena… ¿Y si por una vez nos ponemos en la situación de los demás? ¿Y si miramos para adentro y valoramos si de verdad hemos hecho lo posible para evitar cómo nos encontramos ahora? Si hacemos caso de lo que dice todo el mundo, cada uno de nosotros ha guardado distancia en las fiestas, nadie superó las limitaciones… ¡Ya! Pues las cifras cantan cosas muy diferentes. No estaría de más echar el freno de una vez, reprendernos a nosotros mismos para evitar el colapso y la brutal presión que tienen nuestros sanitarios que llevan meses sufriendo porque la insensatez es también innata entre nosotros.
Hemos cometido errores. Todos. Aunque otros no lo entenderán así; esos que, sea dicho, viven como los buitres, esperando para coger toda la carroña posible. En ciertas cosas, en muchas en realidad, no hemos evolucionado. Ya me entienden.