LA OTRA MIRADA

Ilia Galán

Poeta y filósofo


La ministra escapada

15/10/2020

Et s Huía a lomos de veloz caballo intentando procurarse cuanto antes un coche en la frontera, así era como entonces, en los tiempos de Antonio Pérez o Felipe II, III, IV, V y tantos otros, partía un ministro caído en desgracia. Pero ahora no es este el caso de quien parte, y es el mismo rey, emérito, quien se fue, acusado de asuntos extraños y poco gratos.
En el reinado de Felipe VI, no son los ministros quienes huyen del poder del cetro, sino de sus propias leyes, que a tantos imponen. Pillaron a la ministra huyendo en avión a su pueblo, ya decretado el cierre, el cerco de Madrid por el gobierno bolchevique, como alguno por ahí dice, ante la plaga del virus maléfico. Isabel Celaá, después del consejo de ministros que quitó el poder autonómico a la presidenta de la Comunidad de Madrid y a sus votantes, como en otro momento se hiciera con los catalanes, sabiendo que iba a ser decretado el cierre de la ciudad ministerial, la capital administrativa del reino, salió corriendo (volando) -lo que otros hacer no pudieron- mas no fue hermoso y le pilló el toro: cuernos de puntiaguda información pincharon su moral cuerpo, los periodistas difundieron la expelida información: comportamiento nada ejemplar.
«Que nadie pueda salir de la capital, pero yo me voy antes de decretar su secuestro, su prisión, pues son días de fiesta y aunque la excusa es que me vean los médicos, como si en la Corte no los hubiera, no hago sino como otros predecesores hicieran. Que también el vicepresidente del gobierno, Pablo Iglesias, iba a ser siempre obrero furioso contra la casta hasta que de la casta el bautizo recibiera y dejó así la humilde barriada de Vallecas para irse a un chalé con piscina burguesa a la sierra, que los jardines a nadie molestan.»
«Nada nuevo bajo el sol», decía el bíblico texto. También grandes genios acusados fueron aunque de literaturas tejieron sus vidas y empeños, como Turguénev, amigo de Herzen o Bakunin, pues promovía la abolición de la servidumbre y cuando heredó la inmensa fortuna que le permitió vivir como gran señor paseándose por Europa, cambió de opinión. A sus siervos no los liberó, aunque condenaba la miseria del campesinado ruso que permitía sus lujos (léanse: Memorias de un cazador). Fue el zar Alejandro II, en 1861, quien cambió la situación.
Fácil es criticar a otros, pero, a veces, cuando nos cambian el puesto, las miserias destacan de modo bochornoso. ¿Acaso quienes hemos sido padres fuimos siempre ejemplares?, ¿acaso somos siempre ejemplo virtuoso o nos pueden pillar más de una vez de modo bochornoso? Y, sin embargo, parece natural exigir ejemplaridad en quienes gobiernan los pueblos. Los mejores, moral e intelectualmente, los más capaces, deberían ser nuestros gobernantes. ¡Ay, qué lindos ideales tan distantes!