Escrito a tiza

Carolina Ares


Haciendo balance

03/01/2021

Soy una entusiasta de las Navidades. Me encanta el sentimiento que despiertan en mí: el amor, la esperanza, la unidad. No hay una época del año tan especial para estar con los que más quieres. Las luces —cuando las hay—, las canciones, las comidas o los regalos son elementos que nos ayudan a recordar que estamos en plena celebración, pero no ocultan lo que estos días simbolizan. Una de las características de la Navidad es que es el momento de estar cerca de los demás, entiendan o no el significado profundo que tiene para los cristianos, compartan o no el llamado espíritu navideño. Pasar tiempo de calidad, crear recuerdos, compartir, soñar, evocar, reír, cantar… esos momentos son especiales, pues son los que, al mirar hacia atrás te hacen sentir que cualquier tiempo pasado fue mejor. 
Me considero muy afortunada, porque con lo difícil que es encontrar gente que esté a tu lado pase lo que pase, el número de gente a la que quiero y que sé que me quiere es alto, por ellos van hoy estas lineas. A muchos de ellos puede que no los vea tanto como me gustaría, con algunos estoy en contacto permanente mientras que con otros hablo con menos frecuencia, los hay que viven lejos, con algunos el número de bobadas por minuto que decimos es directamente proporcional al apoyo recibido cuando es necesario. Pero sé que todos y cada uno de ellos responderían por mí, como yo lo haría por ellos. Y llegado el fin de año, o mejor, empezado el nuevo año, es el mejor balance que puedo hacer: a cuánta gente quiero, a quiénes desearía con todas mis fuerzas poder ver esta Navidad pero tendré que esperar. No estoy pensando en con quién me mando felicitaciones navideñas telefónicas, sino en aquellos a los que noto próximos pese a no estarlo. Si algo hemos aprendido este año es que casi todo es superfluo: tan solo son imprescindibles las personas. Quien ha perdido a alguien este año, lo ha aprendido de la manera más terrible. La ausencia del abrazo consolador que te recompone por un instante cuando estás roto por dentro. Los que hemos estado aislados también, pues en la soledad de nuestra enfermedad añorábamos a alguien más que a nadie y, aunque estuviera al otro lado de la puerta, la barrera era infranqueable. Y qué decir de los hospitalizados. Sin embargo, no hace falta haber estado aislado para entenderlo. Durante los meses de confinamiento, era hablar con los demás lo que nos sacaba adelante. Aunque no todos estaban conectados y a muchos nos venían las lágrimas a los ojos con los anuncios publicitarios que mostraban abuelos solitarios, aprendiendo a usar las nuevas tecnologías. 
De todo lo que el 2020 nos ha robado, el tiempo con los que amamos ha sido la mayor pérdida, en algunos casos definitiva y en otros temporal. Con muchos podremos recuperar estos meses, a otros los llevaremos en el corazón y estarán siempre con nosotros. Este aprendizaje debería ser algo que jamás olvidemos. El amor nos mantiene en pie y nos transforma, ese es su poder. Saber que queremos a alguien y alguien nos quiere. Los recuerdos del pasado, la añoranza de un futuro que, tarde o temprano, llegará. Los abrazos, los besos, la familia, la amistad. Si hacemos balance de amor todos salimos ganando.