In@formación

Francisco Javier Sancho Fermín


De la perversión del lenguaje

03/07/2020

Hay una realidad, demasiado presente en todos los ámbitos de la vida social, que comienza a ser terriblemente preocupante. Ya no se trata solo de una desfiguración del idioma o del uso incorrecto de las palabras, o de los usos y abusos de un lenguaje que pretendiendo ser inclusivo, termina siendo absurdo. Ejemplos de ello los escuchamos casi cada día, sobre todo cuando se perfilan en ámbitos ideológicos y políticos.
Pero más allá de todo ello, el desconcierto de las cabezas todavía bien asentadas, llega al desvarío. Las etiquetas con las que se califica al diferente, lejos de reflejar un contenido objetivo y descriptivo, se ha convertido en un «zipi zape» de cuidado. La facilidad con la que se usan términos como fascismo o antifascismo, extrema derecha o extrema izquierda, racismo, orgullo,  género, feminismo, etc… lo único que ponen de manifiesto, en el fondo, es una gran incultura e ignorancia, a parte de un afán prepotente de descalificar al otro. 
Las contradicciones evidentes que se perciben en todo este uso, ¡perdón!, mal uso quería decir, rayan lo absurdo. Posiciones que aparentan esconderse tras una ideología, pero que no se sostienen por sí mismas, Y, sin embargo, se posicionan y defienden como verdades absolutas. La tan desfigurada inquisición de un tiempo, hoy resurge con otros nombres aparentemente liberales y demócratas, capaz de engañar y cegar a sus propios seguidores, que terminan siendo más fanáticos, extremistas, intolerantes y asumir el rol de jueces supremos. El lector seguro que no necesita de más datos para identificar este caos terminológico, ideológico y preocupante.
Hoy más que nunca se hace urgente una verdadera formación, capaz de ayudar a abrir los ojos, a valorar la objetividad, a conocer la historia. El desconcierto, la ignorancia, la sutil manipulación de los anhelos de libertad y bienestar, el falseamiento de la historia, o la ridícula negación de lo natural y objetivo, etc… funcionan como el humus necesario para seguir cultivando el control de las masas y la idiotización del pueblo. El mejor aliado del fanatismo es la incapacidad de pensar por sí mismo y creer que uno tiene la verdad absoluta. Realidades que se han repetido casi como ecos anónimos en el devenir de la historia, especialmente en las épocas más oscuras y vergonzosas de la humanidad. 
Hacernos creer que el otro es el enemigo porque piensa o vive diferente, es la manera más sutil y hitleriana de potenciar el fanatismo. Hoy no hay fascistas ni antifascistas: lo que hay es un buen puñado de insensatos manipulados y manipuladores, incapaces de ver más allá de su propia ceguera. Y que se mantienen firmes en su posición desfigurando el lenguaje a sus anchas para así justificar lo que, de otra manera, sería injustificable. 
Muchas mentes lúcidas nos vienen avisando de este peligro y condicionante. Mucha gente sensata es capaz de posicionarse con libertad y madurez, sin necesidad de descalificar al otro. Para los que de una u otra manera nos hemos sumergido en el estudio de alguna etapa conflictiva de la historia, fácilmente identificamos señales que nos alertan de lo peligroso que resulta el radicalismo de posturas ideologizadas. Uno cree que el progreso cultural de los pueblos puede ser un freno para que esto no vaya a más; pero no podemos caer en la ingenuidad de pensar que detrás de todo ello hay un buenismo institucional. Cuando se manipula el lenguaje y la mentira termina siendo verdad, es porque toca comenzar a remar contracorriente.