Velay

Luis Miguel Torres


Estúpidos

14/11/2020

Ante esta segunda oleada de a pandemia, cualquier persona con un mínimo de inquietud se pregunta qué ha ocurrido. No es como en marzo, cuando la inoperancia pudo encontrar refugio en la necedad. Ahora, otra vez bailando sobre la tragedia, sólo es posible entender lo ocurrido si se tiene en cuenta la tendencia a la estupidez del ser humano.  
El historiador norteamericano Rick Shenkman analiza el comportamiento de la sociedad de Estados Unidos en ‘Just how stupid are we? Facing the truth about the american voter’ (¿Somos tan estúpidos? Enfrentando la verdad sobre el votante americano). El libro es de 2008 con Obama ganando las elecciones. Imaginen lo que podría escribir ahora. Una de las virtudes del ensayo es que establece cinco características de la estupidez que pueden encajar en la situación actual.  
La primera es la ignorancia de los hechos críticos sobre asuntos importantes y sobre el funcionamiento de los gobiernos. En esta primera dimensión puede incluirse la ligereza con que algunos colectivos e instituciones se han tomado el verano y primer otoño. Los ciudadanos hacen como que ignoran que sus políticos, por un puñado de votos, son capaces de comportarse de la forma más irresponsable posible: polarizando a la sociedad, precipitando las decisiones, dejando que los problemas se pudran y retardando las medidas. También, están en la inopia todos estos jóvenes que, tras la espuma de la diversión, no ven el hecho crítico de una crisis agravada que les racaneará cualquier atisbo de bienestar.  
La segunda es la negligencia, es decir, la poca inclinación a buscar fuentes solventes de información en la que caben las actuaciones de aquellos que confunden el drama con una película, que se conforman con la idea de que sólo afecta a los viejos y con el mantra de que de ésta saldremos mejores. Igual de buenos o malos que antes, pero más doloridos  
La tercera es la cabezonería o la inclinación a creer lo que queremos creer con independencia de los hechos. Aquí encuentran su acomodo las fiestas y no fiestas, a veces organizadas o consentidas por ayuntamientos e instituciones, que pulularon en verano y que crearon rutina en el otoño como si todo hubiera pasado. Se recoge lo que se siembra y ahora es una quimera pedir esfuerzo a quienes han sido educados desde la cuna en el capricho, el hedonismo y el derecho a divertirse, sin responsabilidades añadidas.  
La cuarta característica que cita Shenkman es el cortoplacismo que lleva a políticas contradictorias entre sí y contrarias a los intereses generales a largo plazo. Véase lo dicho de los políticos en la primera reseña, condiméntese con el chorreo de medidas posteriores, sazónese con los listos de siempre que pretenden hacer negocio aún a costa de la salud y añádanse la laxitud en la vigilancia de las calles, como si las vidas perdidas por Covid fuesen menos vidas que las que, por ejemplo, puedan perderse al volante.  
Y la quinta es la facilidad para adherirse a consignas sin sentido y aceptar estereotipos. Cabe reconocer aquí a los adalides de las teorías de la conspiración de cualquier tipo, incluidas las de quienes acusan a gobiernos de dejarnos enfermar adrede, pero también se visualizan a los del pretendido derecho a divertirse, como si los demás no tuvieran el derecho a no morirse antes de tiempo. En este apartado, se puede señalar también a quienes se creyeron el discurso buenista de que lo hicimos bien en abril y mayo. Solo había que salir a la calle para ver que no era así, pero era contraproducente para los votos contrariar a esta sociedad infantilizada y autosatisfecha. ¡Tan bien lo hicimos que estamos como estamos!  
Era previsible: sólo hay que recordar que la imagen icónica de un tragedia con 60.000 muertos es gente aplaudiendo en los balcones, no vaya a ser que la visión de la enfermedad le cause a alguno un trauma irreversible. Y entre estupideces de aquí y allá vamos todos los días sumando muertos.