En corto y por derecho

Chema Sánchez


Menos por más

17/04/2021

Cuando, allá por los 90, un grupo que se aproximaba más al blues que a otra cosa como The Black Crowes partió la pana con canciones como Remedy o Hard to handle, hubo quien se sorprendió. Tres décadas más tarde, el título de esa última canción en cuestión, en castellano Difícil de manejar, viene como anillo al dedo para profundizar en el futuro a medio plazo que nos espera. Yo no sé ustedes, pero un servidor tiene la sensación, de un tiempo a esta parte que, si bien es cierto que se ha puesto pie en pared para tratar de eliminar ciertos desmanes que prácticamente se habían estandarizado en la administración, en cuanto a calidad del paño todo ha ido a peor. En el ámbito público, pero también en lo referente a la sociedad civil. La gente se esconde, no quiere significarse, y vive mucho mejor sin exponerse a ser azotado a la mínima. En el ámbito del consumo, tres cuartos de lo mismo. Diría más: es escandaloso. Antes tenías equis servicios contratados con tal operador -del ámbito que fuera- y eran bastante más que en la actualidad. El menos por más parece haberse estandarizado en el ámbito empresarial, con el perjuicio más que evidente que todos recogemos. El precio se ha encarecido de una manera importante y el detalle de las cuestiones por las que se paga, cada vez es más reducido. Igual ocurre en el ámbito público. La excusa de la anterior crisis sirvió para sacar una tijera de considerables dimensiones… Y cuando algo se ajusta, permanece ajustado. No hay vuelta atrás. Los de la oposición luego lo asumen como suyo. Es más, para el próximo año ya sobrevuelan globos sonda. Nos están avanzando curvas en lo que a fiscalidad se refiere. Se nos vende que estamos por debajo de Europa en ese apartado -algo discutible-, pero ya si eso omitimos que los salarios aquí son de coña marinera comparados con los de buena parte de los países de nuestro entorno, que eso no interesa decirlo.
Lo escribía hace un tiempo: en el momento en el que nos sentemos a evaluar el roto que está pertrechando esta pandemia en el apartado económico, nos van a estar temblando las canillas durante un tiempo. A nosotros y a nuestros hijos. Estamos fiando la acción a algo que aún no está concretado –aunque tiene muchos visos de que sea realidad–, como son los fondos europeos Next Generation. Habrá sustos en el camino, como ese que nos ha dado hace unos días el Tribunal Constitucional alemán, y vamos a suponer que alguno procedente de algún país insignificante por aquello de significarse y que su nombre aparezca reflejado en los periódicos del viejo continente. Pero es esencial tener las cosas claras desde el minuto cero, dirigir adecuadamente los 140.000 millones que supuestamente nos ingresará la UE para paliar los efectos del COVID-19. Se trata de poner derecho un calcetín que se ha dado totalmente la vuelta. El impacto ha sido certero, como un tiro a bocajarro, y lo que se ha gastado y destinado a tapar agujeros deberá sanearse. Y, por supuesto, afrontar todo lo que viene por delante, que ya estamos viendo que no será poca cosa. 
Mientras tanto, la picaresca no desfallece. Incluso está bien vista. Muchos negocios que ya estaban mal en 2019 se escudan ahora en convocatorias de ayudas y medidas extraordinarias para tratar de salvar los muebles. Las instituciones tendrán un papel más relevante que nunca porque esa función de asegurar la seguridad al conjunto de la población, que hasta hace no tanto se le presuponía, debe ser el foco al que mirar en un tiempo, al menos lo que resta de década, que determinará nuestro futuro como país. Lo demás, en general, serán paparruchas. Al menos eso me parece a mí. Ya me entienden.



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