El cimorro

Gerardo L. Martín González


Vivimos de milagro

07/04/2021

Para nadie es desconocido que la vida es un milagro, el hecho de vivir tu o yo, así, aquí, ahora, es incomprensible, pues podía haber sido de otra manera y en otro sitio; pero el poder seguir viviendo, acumulando años, sigue siendo un milagro, grande para los de África, algo menos para Europa. Esta solemne introducción viene a cuento por las noticias que oímos, por lo que leemos, por lo que nos dicen, la mayoría negativas, y los espíritus como el mío, se encojen, y elevando los ojos al cielo, suspiramos diciendo ¡pero si es que vivimos de milagro! No solo es por lo que ahora tenemos mas cerca, la Covid-19, enemigo invisible, esa especie de pelotillas con puntas trompeteras, que no sabemos dónde están y si nos puede caer alguna sin darnos cuenta. El hecho de que no se vean, de que todo parezca normal, nos hace ser osados, por inconscientes o por estúpidos; caso distinto seria ver al enemigo, armado con una pistola apuntándote a la cabeza, y que puede disparar cuando quiera. ¡Si solo fuera esto!
El otro día, en un programa de televisión, muy seguido por curiosos que pretenden estar bien informados por el mismo, dirigido por un tocayo del internacional portero de futbol, de nuestro pueblo abulense y serrano Navalacruz, donde predomina el apellido Casillas, aunque otros digan que es de Móstoles, presentador que lo mismo habla de Covid, de fantasmas, de buques hundidos, de ovnis y extraterrestres, de misterios insondables, tocó un tema en relación con la muerte del gran conocedor y presentador musical José María Iñigo, que siempre sabia en los concursos de Eurovisión, que país iba a votar a quien. Al parecer había una sentencia reconociendo enfermedad por el trabajo, que le produjo un cáncer intratable y mortal, por los muchos años que estuvo en determinado estudio de TVE recubierto de amianto. El amianto en español, asbesto en inglés, un mineral fibroso, fácilmente extraíble, barato, y de múltiples aplicaciones por sus cualidades mecánicas, aislante ante el fuego y el calor, y combinado con otros, como el cemento, impermeable, moldeable, del que se hicieron multitud de tuberías de agua, de saneamiento, canalones, cubiertas, depósitos, baldosas; también en herramientas de automoción, como embragues, frenos, piezas de trasmisión; trajes aislantes para pilotos o bomberos; se ha utilizado en material ferroviario, construcción naval; en siderurgia y hasta en centrales térmicas y nucleares. Por sus excelentes condiciones de aislamiento acústico, el antedicho estudio televisivo tenía este material que, por las vibraciones producidas y el paso del tiempo, iba desprendiendo polvillo de ese amianto, reconocido como cancerígeno que, aspirado durante muchos días y horas, produce desenlaces fatales, aunque sus efectos se manifiesten pasados años. En España se comercializó para la construcción por la empresa Uralita, quedando este nombre para definir al fibrocemento, compuesto de amianto y cemento, de tal manera que se decía canalón de Uralita, placas de Uralita, y ya se sabia a que nos referíamos. Igual que pasó con el papel adherente y trasparente de la marca Cello que, al decir Cello, ya se sabía que queríamos. El amianto estuvo utilizándose durante casi todo el siglo veinte, de modo intenso entre los años cincuenta y setenta, y con el se hicieron miles de naves agrícolas y ganaderas, naves industriales, se colocó bajo teja en infinidad de iglesias, en colegios de enseñanza, en aislamiento de viviendas. Era un material excelente, barato y fácil de colocar por cualquiera. Conocidos sus efectos cancerígenos, se prohibió definitivamente en el año 2001, aunque algunas variedades de amianto, el azul y el marrón, ya se habían prohibido años antes. Los intervinientes en el programa no dejaron suficientemente clara su peligrosidad, y si, una alarma que es preciso matizar ¿Qué hacemos con el que ya esta colocado? ¿hay que retirarlo? ¿Cómo se hace? ¿ofrece un peligro inmediato?
Hay miles de kilómetros de tuberías de agua, limpia y sucia; millones de metros cuadrados de cubiertas; infinidad de recubrimientos aislantes en paredes y techos; y no cito otras aplicaciones y en otros campos. Y se retiran cuando toca por algún motivo, pues no hay ninguna norma legal que obligue. Si fuera por su peligrosidad inmediata, no estaría vivo hoy día ningún albañil que lo manipuló en su día, ni ninguna persona que haya estado o esté donde se instaló. Todo depende del tratamiento que se le dé, fracturas, cortes, serrado; y el tiempo de exposición. Cuando toca hacer algún desamiantado, debe hacerlo una empresa autorizada con unos medios de protección extremos, tanto para el personal que lo manipula, como la recogida en sacos o contenedores estancos; limpieza del lugar y aspiración, y posteriormente enterrarlo en lugares expresamente indicados, con capas de hormigón que impidan su expansión a acuíferos. Y no hay terreno disponible para tal inmenso quehacer. Ríanse de la protección contra la Covid-19, comparado con lo que hay que hacer con el amianto, porque este no muere.
Pero ¿Qué pasa con la contaminación atmosférica, con el exceso de sal o azúcar, con el aceite de palma, con los insecticidas y plaguicidas en frutas y verduras, con mercurio en algunos alimentos, con las tuberías de plomo, con los accidentes de tráfico por calles y aceras, por el tabaco, por la radiación solar, por las centrales nucleares, por los volcanes y tsunamis, por el cambio climático, por un meteorito que te puede caer, por…?
De verdad creo que vivimos de milagro.