El buitre de colores

Vicente García


El alma de ‘lo local’ se esfuma entre ‘lo global’

07/04/2021

LA llamada globalidad tiene algunas ventajas; el mejor ejemplo es que sin ella posiblemente no tendríamos las codiciadas vacunas contra el coronavirus, aunque seguramente tampoco hubiera llegado esta pandemia a la velocidad que lo ha hecho. En otros muchos aspectos ha demostrado crear una excesiva dependencia de las importaciones y ha aumentado la deslocalización de empresas y fábricas nacionales hacia otros lugares donde la mano de obra es mucho más precaria en cuanto a derechos no sólo laborales, sino de todo tipo, y mucho menos costosa para las grandes empresas, en bastantes ocasiones con salarios indignos.
La enorme dependencia del exterior ha quedado demostrada viendo cómo un «simple» carguero atravesado en el canal de Suez, durante unos días, ha sido capaz de poner el peligro la producción de numerosas industrias y el abastecimiento de otras muchas. 
El hacer todo «a lo grande» desnaturaliza la propia esencia de la vida. Lo «macro» pocas veces tiene un sentido positivo sobre todo en cuanto a salud y ecología y justicia social se refiere.
Uno de los ejemplos más cercanos son las llamadas macrogranjas generalmente porcinas, pero también bovinas donde el hacinamiento de los animales normalmente suele ser vergonzoso y los residuos que producen son casi imposibles de gestionar de forma correcta. Por poner un simple ejemplo, pueden emitir  una cantidad anual de residuos superior al volumen de 23 estadios de fútbol.
Los lixiviados irán a parar a algún curso freático, o arroyo y los restos sólidos se abandonarán a su suerte en los lugares menos propicios para ellos. Algunos municipios son conscientes del problema y tratan de frenar esta otra pandemia cuya nocividad está bien demostrada. La población también se da cuenta de la peligrosidad creciente, y las pequeñas ganaderías de origen familiar, mucho más ecológicas y sostenibles, van sucumbiendo ante el avance de estos monstruos contaminantes y de una industrialización del sector para producir mucho más, a mayor velocidad y ubicadas en enclaves rurales donde pueden poner en peligro el agua, la tierra, la vida y el futuro de un turismo de interior cada vez más en auge como observamos con la pandemia que estamos viviendo. 
Pero incluso una energía tan interesante, ecológica y factible en nuestro país como es la solar o la eólica, puede convertirse en problemática si se transforma en «mega», y es que  ‘macro’,  ‘mega’, o ‘ultra’’ suelen ser conceptos que asustan, o deberían asustar.
España tiene potencial suficiente como para abastecer más de 50 veces la demanda eléctrica actual, y su capacidad de hacerlo con energías renovables es técnicamente posible, e incluso con un ahorro al año de más de 200.000 millones de euros —datos de greenpeace.—
Una vez más el problema surge con el oligopolio energético que presiona para construir con el concepto de una de esas palabras nocivas: mega-centrales enormes y extensas para seguir cobrando el suministro cada vez más caro, en lugar de que se favorezca y subvencione la instalación de paneles solares en los tejados de los consumidores; esto sí sería ecológico y socialmente sostenible. Pero claro, qué podemos esperar cuando hasta hace poco incluso teníamos un vergonzoso impuesto «al sol» que nos penalizaba si lo hacíamos.  Es una globalidad, de la que casi nadie escapa. :-(