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José Guillermo Buenadicha Sánchez

De la rabia y de la idea

José Guillermo Buenadicha Sánchez


Charlestón, charlestón...

08/07/2022

«… cómo alegras mi corazón», cantaba Marujita Díaz allá por los sesenta, en reinterpretación sui géneris de un tema americano cuarenta años anterior, «Yes, sir! That's my baby». El charlestón, el pelo engominado, el champán, los trajes por las rodillas, las fiestas a lo Gran Gatsby, los felices años veinte—con sus sombras, no todo fueron días de vino y rosas— han quedado grabados como iconos de la vida alegre, del «carpe diem» de Horacio, locución que mi generación aprendió del añorado Robin Williams y sus muertos poetas. El mundo salía de la Gran Guerra, entreverada con una pandemia mal llamada «gripe española» que dejaría al Covid a la altura del betún, y decidió reinventarse al tiempo que lo hacían naciones y fronteras, ideologías políticas o el arte con las vanguardias. La consigna era: «Ya está bien de sufrimiento, ¡a vivir, que son dos días!». Nuestros bisabuelos se dieron a un hedonismo que les hiciera olvidar la tierra de nadie en las verdes praderas de Francia, como cantaba Eric Bogle. Pero la reconstrucción tras la debacle, fiada a pagos alemanes que nunca llegarían, condujo al inevitable colapso del 29 primero y, menos de una década después, a un conflicto que multiplicó la crueldad y extensión del que se intentaba olvidar.
Hace apenas un embarazo que inicié esta temporada articulista. Cuarenta y una columnas, viernes tras viernes, cuarenta y una ideas, con mejor o peor fortuna y evidente margen de mejora en sus 3200 caracteres exactos, hijas de lo que ocupaba mi mente en cada momento. Releyendo las primeras, el pasado octubre, descubro el otoño, banales cuentecillos rusos, el santo maternal, Brassens, misiones solares, los dieciséis años de mi hija… No son temas frívolos, pero vistos con la óptica de hoy parecen de relleno, meros divertimentos ante el tsunami que se nos viene. La Ómicron era todavía desconocida para nosotros, finiquitado el virus con nuestras dos dosis de vacuna, la inflación nos sonaba a aquello de nuestros padres en plan abuelos cebolletas recordando las letras del piso en los ochenta, Ucrania era solo un país que presentaba buenos grupos a Eurovisión y la OTAN, ese club en decadencia al que un día refrendamos unirnos, pero nadie sabía muy bien para qué valía en un mundo globalizado.
La realidad hoy es otra, renegrida, décadas ha que no se ve igual. La gente, como hace un siglo, ha decidido vivir cual si no hubiera un mañana, vaciando depósitos del coche, reservando las merecidas y tan esperadas vacaciones, saturando los restaurantes, abarrotando aeropuertos. Una huida hacia adelante impulsada por las ganas de olvidar los últimos dos años, pero también por cerrar los ojos y evitar pensar en lo que está por llegar. La capacidad de sufrimiento de la gente tiene un límite y de ahí el loco baile de estos nuevos felices veinte, mientras el mundo se prepara para volver a desmoronarse una vez más. Les deseo, estimados tres lectores, que en este parón veraniego disfruten mucho con el charlestón. Porque a la vuelta, allá en otoño, si la bondad de Pablo me permite seguir con ustedes, tendremos muy serios temas con los que lidiar; quizás nos toque, como Marujita, pedir a «mama» otras botas que no estén rotas de tanto bailar.