En corto y por derecho

Chema Sánchez


La política como sector esencial

06/02/2021

Un señor llamado Miguel de Unamuno, quien fuera rector de la Universidad de Salamanca y autor de referencia de la Generación del 98, decía lo siguiente hace ya un siglo: Procuremos más ser padres de nuestro porvenir que hijos de nuestro pasado. Hay cosas que no cambian. No lo decía cualquiera, porque el autor de Niebla era hombre culto, referente intelectual y sociopolítico, y un tipo con un empuje especial para abordar aquellos problemas que se ponían por delante. 
En esta hora de España, grave por el contexto pandémico en el que nos encontramos, con la moral de las huestes especialmente tocada y con pocos visos de mejora en ámbitos como el económico a corto-medio plazo, nos ha tocado arar con unos bueyes que no parecen o no quieren entender que esto va muy en serio. Que no se trata de una pataleta transitoria del destino, y que lo de ponerse de perfil nos puede resultar muy caro, a pesar de que en esta cosecha no estamos solos, somos temporeros junto a la Unión Europea.
Nuestra clase política parece, eso sí, especialmente preocupada por su imagen. Se echan en falta más dirigentes que se arremanguen, que suden la gota gorda, que nos muestren el camino hacia el mundial con la camiseta llena de lamparones… Menos refinados y exquisitos, más aguerridos. Los tiempos lo exigen.
Los partidos tradicionales, los denominados atrapalotodo, siguen viviendo en su ancestral burbuja (el mundo no es sólo lo que ocurre en su entorno) pero, lo que es peor, han llevado a sus tropas a vivir cegadas por los likes, por ser vigías de clics, a que en las instrucciones mañaneras que la central escupe vía email tenga como cometido el cebar comentarios para atacar al contrario. Nada de construir. Propaganda 5.0.
Y esto que a cierta parte de la sociedad importa, a los que ya llevamos unas cuantas velas sopladas, como que nos da mucha pereza. Con esas mimbres, ciertamente, pocos cestos vamos a obtener. 
La legítima batalla dialéctica y de titulares resulta en estos días tan efímera que les da igual decir ocho que 80. No importa. Lo vital no es el mensaje, sino el tamaño. Y, lo triste, es que se han metido tanto en harina que los propios integrantes de esas formaciones se encuentran en su salsa, derrochando energías que más valía destinar a otros cometidos,  en ese círculo vicioso. Y digo vicioso porque ellos solitos están hundiendo a una vocación, la política, que a pesar de su mala prensa se ha demostrado esencial en los tiempos que corren. Sus propios representantes se empeñan en echar por tierra su prestigio. Se tiran los trastos a la cabeza para dar la razón a los que, por decreto, echan pestes de los cargos públicos. Flaco favor se hacen a sí mismos. Desde fuera parece ridículo, ¿no? Así es el star system. 
De manera que a lo lejos se ve alguien, con una sonrisa de oreja a oreja: han caído, casi puerilmente, en la estrategia –en este caso, razonable y lógica– de las bases emergentes de los que vinieron a llamarse nuevos partidos (aquí, me van a perdonar, pero he tenido un ataque de risa), que detectaron en las redes sociales una herramienta barata, cercana y poderosísima, y que han sabido aprovechar. Con sus matices, saltándose en ocasiones ciertas reglas no escritas… ¡pero los resultados saltan a la vista!
«El futuro va más rápido de lo que crees». Esto no lo digo yo, ni siquiera Unamuno. Lo escriben dos autores americanos, Peter H. Diamandis y Steven Kotler, en un libro con ese título, que debería ser obligatorio en las escuelas de política actuales, sobre todo para esos que siempre van mirando el espejo retrovisor. Nos vendría bien a todos. Ya me entienden.