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Darío Juárez Calvo

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Darío Juárez Calvo


No quedan viruelas para mi vejez

28/06/2022

Jamás pensé que hacerme mayor traería implícito entrar o salir de trabajar un domingo y toparte de frente con la chavalería y su necesaria intención de seguir los rastros por desiguales que dejan la cama por un lado y la churrería por otro. Jamás pensé que llegaría el día en el que yo fuera el tontolastrés que suelta para sí mismo el «¡vaya caritas!» de turno, cuando se cruza a esas horas con el divino tesoro; la misma letanía que le cantaban los barrenderos del pueblo al abajo firmante hace no mucho tiempo, aunque hoy ya sean otros tiempos. 
Jamás pensé pasar por delante de un banco de verano en el que hubiera cinco o seis niños que no llegasen a los doce años y que ninguno tuviera un balón, una comba, veinte globos de agua, un taco de cromos o las espinillas llenas de costras de las últimas tortas de primavera a lomos de aquella rehala de bicicletas que bajaba y subía del río; hoy en peligro de extinción. Pero lo que tampoco jamás pensé fue que llegaría el día de estar escribiendo estas líneas desde una oficina, herido por el vacío que hoy me deja el idílico contrapunto en el que se encontraba aquella adolescencia feliz con la que hoy me cruzo por la calle amaneciendo y los innegociables tres meses de verano más las fiestas patronales de septiembre, sin una sola responsabilidad; de verbena en verbena. Sin paga de julio ni nómina pudiente a final de mes, pero con un sentimiento de libertad desorbitado, chorreante y cojonero para una madre a la que no le amparaba el calendario escolar ni la ansiada paz por los pasillos de casa. 
Qué malo es crecer, madurar y la valiosa mentira de apremiar al tiempo para hacerse mayor. Menuda ruina. Será que ya no quedan viruelas para mi vejez. «¡Con lo que ha sío una!»

ARCHIVADO EN: Adolescencia