Lo social

Pilar Álvarez


Siempre estamos a tiempo..

02/01/2021

Días atrás visité el campo santo. El silencio reinaba en él como de costumbre, y al hacer una pequeña reflexión sobre dónde me hallaba, y lo que el lugar representaba,  me vino a la mente el recuerdo de las personas queridas que se fueron en este doloroso año, y recordé con pena cuantas cosas quedaron por decir. Sobre todo  en el momento preciso de la partida hacia el Oriente  Eterno. Entonces el análisis que me hice por desgracia ante la soledad de la partida, el perdón estuvo ausente, y pensé que quizás muchos se fueron sin recibirlo. Para abordar este pensamiento, puse como  perspectiva que el perdón es un asunto personal, y que  en este sentido debe proceder de un acto de amor, completamente desinteresado. En el que la víctima en un acto de desprendimiento y de humildad dona el perdón sin esperar nada a cambio, donde el segundo reconoce la falta, y en consecuencia, se establece una comunicación. Sin embargo, para que el diálogo sea posible es necesario que el ofendido reconozca su falta, y el ofensor, de manera voluntaria, acepte la comunicación y el arrepentimiento. Después medité y me dije, la vida sigue, y pocas veces el ritmo y la zozobra de la misma  nos deja tiempo para pensar en muchas cosas, entre ellas ésta que personalmente me lleva rondando desde hace mucho tiempo, pues presencié como una persona querida se fue sin haberse reconciliado con los suyos.
 Y sentí dolor.
Sin lugar a dudas, el problema del perdón siempre está vigente en diferentes capas sociales, por lo tanto, crece la pregunta, acompañada de la indagación, y sobre todo de la posibilidad que en algunos contextos ha sido enmarcada desde un ámbito jurídico, político y religioso, más que moral. Sin embargo para algunos  filósofos, ante todo, es un problema moral, y enmarca  el perdón divino como una competencia de los dioses, mientras que el perdón entre los hombres es asunto solamente nuestro, por lo tanto, esa frase tan popular que se oye «que Dios le perdone» no es válida, primero debemos perdonar aquí, ante los hombres.  «No es difícil comprender por qué el deber de perdonar se ha convertido hoy en nuestro problema». Para el cristianismo y el judaísmo el perdón es un camino de salvación, y redención, es la forma en que el ser humano encuentra la manera de volver a Dios, tanto de la perspectiva de la víctima como desde la perspectiva del victimario. Pero existen claras diferencias entre ambas religiones, y sobre la forma en que debe ser concedido y solicitado.
El perdón es un acto, ¡un movimiento del alma!, que no existe en la psicología corriente, pues los límites humanos con respecto al perdón están limitados  en que parece que donar el perdón sin el menor interés  no es un asunto propiamente humano, pues excede nuestras fuerzas espirituales. Por eso el hombre común se debate entre la exigencia del castigo y el rencor, más que en la necesidad de perdonar. El perdón es un acontecimiento, por ello comprendemos que emerge aparentemente sin razón alguna, porque pertenece en efecto al orden del milagro, y de un acercamiento al orden de lo humano, es decir, el ideal puro.
«Luego muy disfrazada al perdón está la  excusa, que no inaugura una nueva era, ella no es el comienzo del reino del amor, es más bien una liquidación, una nivelación y una terminación». A esta  se opone la del perdón, que no le gusta, e incluso por ser una razón, por vocación espontánea y entusiasta, que acepta la falta tal como es, y la transfigura por el acto gratuito y desinteresado del amor.