Sostiene Pereira

Julio Collado


Final de temporada

27/07/2020

Sostiene Pereira que, una vez decretado el uso obligatorio de tapabocas o mascarillas en todo espacio y tiempo, huye de la ciudad en busca del campo para quitarse ese adminículo incómodo, feo y robador de sonrisas. La mascarilla, que ha puesto una nota exótica en las calles, le ha recordado una frase bíblica que escuchó en su adolescencia campesina y que le resultó llamativa. Está escrita en el versículo 25 del libro Deuteronomio y dice: “No pondrás bozal al buey mientras trilla”. Por aquel tiempo, los curas obreros abulenses, otros raros buenos, explicaban que era la defensa divina del jornalero y su derecho a comer de su trabajo, por lo menos como el buey, en aquellos tiempos y en estos. Y que ese mandato no se respetaba. Un discurso revolucionario desde el púlpito, lo nunca visto, que escandalizaba a las buenas gentes. Sigue pasando ahora con muchos trabajos de escaso salario. La pandemia ha puesto estas situaciones más a la vista. Algunos casos son sangrantes. Sirvan de ejemplo, las mujeres inmigrantes (porque la inmensa mayoría son ambas cosas) que cuidan de los que no pueden valerse por sí mismos y que apenas son visibles siendo tan esenciales. Pasado lo peor de la pandemia, alegra verlas sacando de paseo a las viejitas o viejitos para que absorban su ración de sol y de vitamina D mientras su otra familia, lejos, espera la remesa dineraria siempre escasa. Otro caso, reflejado en la noticia de estos días, es la situación dramática por la que han pasado las trabajadoras temporeras marroquíes de la fresa en Huelva hasta que, casi agotados todos sus ahorros, han podido volver a su tierra natal. También, como las cuidadoras, son trabajadoras imprescindibles. ¿Cómo surtir, sin las jornaleras y jornaleros del campo, los supermercados con los alimentos que llenarán las cestas de la compra de los demás? 
Detrás de las mascarillas, hay muchas trabajadoras y trabajadores imprescindibles a los que la sociedad incomprensiblemente trata bastante mal porque el sistema económico y social actual sobrevalora lo superfluo, el lujo de unos pocos, el postureo y las fotos. Si no, ¿cómo se puede entender, después de lo que se ha sufrido desde marzo, esta dramática noticia en este caluroso mes de Julio?: “España tiene menos de la mitad de rastreadores de contagios por el cobid-19 de los que precisa”. Además de regalar mascarillas y hacer homenajes, actos más bien de propaganda, hay que exigir a los Gobiernos Autonómicos que contraten a más profesionales sanitarios y que mejoren sus salarios. Este sería el mejor homenaje, al tiempo que saldría beneficiada toda la sociedad. Igualmente hay que hacer con educadores, científicos, cuidadores y las otras profesiones que se han mostrado imprescindibles cuando vienen mal dadas. Como el personal de limpieza al que la sociedad tiene en último lugar. Y así un largo etc. Lo demás es entretener al personal. 
Pero no todo hay que ponerlo en el debe de los Gobiernos y otros políticos, también los ciudadanos de a pie, deben poner su grano de arena para respetar su salud y la de los demás a pesar de la molestia de hablar a distancia, besar a distancia, sonreír a escondidas, acostumbrarse al dichoso disfraz y a tener dificultades para conocer la gente con la que te cruzas. Cosas de este maldito coronavirus al que hay que cerrar puertas y ventanas hasta aburrirlo. 
Por estas y otras vicisitudes, sostiene Pereira, vive cada día en un paréntesis, en un quiero y no puedo, en una rareza incomprensible, en una mirada perdida, en un mundo líquido en donde la incertidumbre es lo único seguro, en una espera que se alarga, en un verano que no ha tenido primavera, en un sin vivir como dijera La Santa, que tampoco puede viajar en tren con los turistas madrileños. Es el mundo de las distancias impuestas por el único visitante que se ha metido en todas partes sin permiso.   
Pues bien, en este raro mundo, lleno de soledad y de miedos, hay algo que no ha cambiado: la lotería y la ONCE. Bueno, también las retransmisiones ciclópeas del fútbol, aunque no haya espectadores en las gradas. ¡Qué raro todo! Como en los antiguos veranos, ya se anuncia la Lotería de Navidad y en la ONCE una ristra de millones. Eso sí, “Cuando juegas tú, jugamos todos” trina en sus anuncios llamando con su anzuelo solidario a jugar. España sigue siendo, como a. del c. una timba y las apuestas deportivas y online siguen subiendo desde que comenzó la pandemia. Es de agradecer que estas situaciones antiguas hagan más reconocible el mundo anterior. Aunque tal vez sea peor el remedio que la enfermedad. 
    En fin, que Pereira tiene ganas de empezar Agosto (mes imperial y Augusto donde los haya) y quiere despedir esta temporada de reflexiones, deseando lo mejor a sus lectoras y lectores (si los hubiera o hubiese) hasta septiembre. Será entonces tiempo de volver como las niñas y los niños al cole. A ver si, dicho sea de paso, Junta y Ayuntamientos preparan bien las escuelas para la novedad.  Para distraer los días venideros, para espantar algunos miedos y para conocerse y conocer mejor en qué mundanal ruido viajero anda metido el ser humano, y cómo eran los años 70 del XX en Barcelona y en España, releerá a Juan Marsé con el pretexto de su muerte. Porque siempre gustó de su literatura, anima a hacer lo mismo a los que hayan tenido la osadía de llegar leyendo hasta aquí.  Encontrarán a un escritor, que siempre resulta refrescante, comprometido e irónico. Que las Últimas tardes con Teresa no sean nunca últimas; que Si te dicen que caí no te haga rendirte y que no estaría mal ser Como rabos de lagartija. 
Feliz Agosto.