Hace ya tiempo en esta misma columna les hablaba de que estudios humanistas realizados, se planteaban que se está formando a la gente, que va a tener serios problemas para poder llevar a cabo su tiempo de ocio. En un mundo donde cada vez hay más gente, es muy necesario crear espacios interiores, para poder alejarnos de los otros, uno de los propósitos seria para incentivar el pensamiento.
    Sin embargo nadie llega a convertirse en humano si está solo, nos hacemos humanos, hunos con los otros. Nuestra humanidad nos la “contagiamos”, es una necesidad mortal que nunca hubiéramos desarrollado, si no fuera por la proximidad de nuestros semejantes.
Nos hemos pasado de boca, a boca, la palabra, pero antes aun con la mirada, cuando aún estábamos muy lejos de saber leer, ya practicábamos todo lo humano, a través de los ojos de nuestros padres, o de quien nos prestaba atención. Esas miradas llenas de amor, de preocupación, reproche o burla, es decir, significados.
Esto, nos sacaba de nuestra insignificancia natural, para hacernos humanamente significativos. El niño busca capta, la mirada de su madre, no solamente para que esta acuda a alimentarle, sino que esa mirada en sí misma, le aporta un complemento indispensable que le confirma en su existencia.
Siendo como somos en cuanto humano, fruto del contagio social resulta sorprendente que soportemos nuestra sociabilidad con tanto desasosiego. Sin embargo queridos lectores, en este presente, nos hemos dado cuenta de la necesidad de los otros a nuestro lado, en nuestro entorno, en nuestro vivir del día, a día, por eso cada uno de los que se ha llevado este Coronavirus eran nuestros semejantes, los mismos que en nuestro vivir, nos enseñaron a ser más humanos, a formar parte de un todo juntos, con nuestras sombras, y nuestras luces. 
La filosofía y la literatura contemporánea abundan en lamentos sobre la carga que nos impone vivir en sociedad, las frustraciones que acarrea nuestra condición social, y las prudencias que podemos utilizar para padecerlas lo menos posible. Creyendo que el infierno son los demás (Frase que acuño Jean -Paul Sartre).
Sin embargo personalmente la ausencia de mis semejantes en mi ciudad, en los puestos de trabajo, en las bibliotecas, en los centros de mayores etc.
Esto me produce más infierno, porque es como si me faltara, el principio de mi propia existencia social. Ayer experimente esta profunda tristeza, al ver tanta ausencia en las mesas donde se realizaban trabajos colectivos, y me quede tragándome los buenos días, pues tan solo el vacío se llenó con esta frase, “no puede entrar”, límpiese los zapatos, desinféstese las manos, claro que ha esto ya estamos acostumbrados, pero al vacío personal no me acostumbro, y mucho me temo, que este sistema ha venido para quedarse, y los buenos días, de hola Pilar se morirán. 
Al principio de esta columna decía la necesidad de formar espacios interiores, no son estos los espacios que necesitamos el trabajo en casa, es otro tipo de espacio interior. La necesidad de la palabra, la mirada, una sonrisa, y esos abrazos que nos llenan de fuerza con el otro. ¡Son tan necesarios! Llegue a casa con onda tristeza, pensando en la soledad que nos asola socialmente, y con tiempo libre, y dejando morir nuestro tiempo de ocio. 
Mirar al horizonte cuando acaba un nuevo día es futuro, nuestra mente proyecta fijándose en ese atardecer, un nuevo día, hoy estamos sujetos a un virus fantasma que ha ocupado todos nuestros castillos en el aire, púes no podemos ni respirara, uno de los elementos fundamentales para vivir el aire.