Con el rabillo del ojo

Elena Rodríguez


Eso

03/12/2020

Dime amor en qué momento de mi largo caminar perdimos eso. La frase no es mía. Es de una canción que hace poco volví a escuchar por la radio después de mucho tiempo. Una canción que me devolvió a aquellos años de facultad en los que cada miércoles, el día que me tocaba madrugar, salía de noche de casa en el Ford Orion de mi padre. Un coche al que hubo que adaptarle algunos artilugios para poder escuchar música, que por aquel entonces se guardaba en un aparatito llamado mp3. Aquella canción me acompañó muchas mañanas y hoy su título “Eso” me da pie a contarles la historia de dos niños a los que llamaremos Mario y Gabriel. Ellos son los protagonistas de esta columna y en buena parte de este año que estamos tan deseosos de despedir. 
Mario y Gabriel se conocieron en 2018. Tenían tres años. Los dos empezaron juntos el cole y no tardaron mucho en hacerse amigos. Qué facilidad tienen los niños para hacerse amigos, ¿verdad?Compartían aula y espacios como el comedor, de manera que cuando sus padres iban a recogerlos estaban jugando y dándolo todo en el arenero. El arenero. Ay, el arenero. Había que sacudir las botas a conciencia, sacando incluso la plantilla, para deshacerse de la arena que se pegaba por todas partes. Irremediablemente los calcetines iban perdiendo su color original y tiñéndose de un marrón que no salía ni con remojo. Quién le iba a decir a los padres de Mario y Gabriel que un día llegarían a echar de menos sacudir las zapatillas de sus hijos. 
Cuando Mario y Gabriel coincidían a la hora de entrar al colegio se cogían de la mano. Les salía solo el gesto. Cuando se despedían, después del comedor, se daban un beso, un abrazo o las dos cosas. Y si uno de ellos se marchaba sin esa despedida, el otro le gritaba (desde el arenero): ¡Gabriel, un beso! Y Gabriel se daba la vuelta corriendo para besar y abrazar a su amigo. Así siempre, aunque supieran que se iban a volver a ver al día siguiente. 
Todo eso se rompió el 14 de marzo. Mario y Gabriel dejaron de verse. Los besos y abrazos quedaron en stand by. Aquella fue su última despedida hasta la fecha. Durante muchos meses se saludaron alguna que otra vez a través de una pantalla. Hablaban con una naturalidad estremecedora del coronavirus. Se reían como si se hubieran visto el día anterior y preguntaban a sus padres cuándo iban a poder jugar juntos.
Seis meses después de la última vez que se abrazaron volvieron a verse. El curso empezó de nuevo. Las aulas reabrieron sus puertas y hoy la madre de Gabriel todavía se emociona al recordar las sensaciones de aquel 9 de septiembre. Uno de los temores de aquella mañana era que al volverse a ver Mario y Gabriel corrieran el uno hacia el otro con una explosión incontrolable por volver a estar juntos. Temor porque si ese impulso se producía habría que frenarlos y recordarles aquello de la distancia social. Pero eso no ocurrió. Y algo se le rompió por dentro a la madre de Gabriel. Aquello fue peor que haber tenido que separarlos y quedó sumida en una profunda tristeza.  
Los niños habían asumido tan bien lo que debían hacer que se había esfumado el instinto de abrazarse. Se vieron de lejos, separados por otros niños que junto a sus padres hacían cola en los aledaños del colegio para entrar. Los dos escondidos tras sus mascarillas, pegados a sus madres, aturdidos por un silencio que jamás había asistido a un comienzo de curso. 
El bicho levantó un muro invisible entre Mario y Gabriel que todavía no pueden romper. Ya no hay arenero, ahora juegan por parcelas. Ese muro se ha levantado también entre muchos de nosotros. Los que se declaran hartos de tanto beso y abrazo lo agradecen, pero yo sigo teniendo que reprimir ese impulso. Mi miedo ahora es que Mario y Gabriel lo hayan olvidado. No quiero que cuando le recuerde a mi hijo cómo solía despedirse de su amigo me mire con extrañeza. Que no entienda que antes de todo esto los niños besaban y abrazaban a sus compañeros. No quiero que entonces tenga que preguntarme: dime mamá en qué momento de mi caminar perdimos eso.