De la rabia y de la idea

José Guillermo Buenadicha Sánchez


Superstición

13/11/2020

Y yo que me entero ahora, a mis años —olvidado ya el latín del bachillerato— de que el término supersticioso comparte significado en origen con superviviente. Se refiere a lo que trasciende, lo que permanece en pie tras haber sido azotado por los envites del tiempo. Cicerón decía que supersticiosos eran los que rezan y realizan sacrificios todos los días para que sus hijos les sobrevivan. El abuso del ritual llevó quizás a otorgar al término la connotación peyorativa de nuestros días.
Yo, se lo confieso, además del Barsa y taurino, soy triascadeicafóbico, o siendo más purista, parascevedecatriafóbico. No, no se confundan, no soy un trezidavomartiofóbico: nunca entendí lo de los martes y trece de nuestra hispana tradición; tienen poca lógica, más allá de que como todo el mundo sabe, en martes ni te cases —no creo que sea mi caso, so pena de bigamia— ni te embarques —cosa harto compleja en estos días; para hacerlo tendríamos que cruzar las fronteras de nuestra perimetralmente sellada comunidad autónoma, carente de mar—. Prefiero los sajones viernes y trece, explicados por la última cena y el número de asistentes a evento con tan funesto final. Es curioso que los países más furibundamente católicos, España e Italia, rehuyamos esta interpretación ante el aciago calendario. Los de la península de la bota usan para sus neuras los viernes y diecisiete, dicen que por anagrama entre la representación en números romanos y el epigrama VIXI, viví (ergo estoy muerto). Refuerza mi superstición el ser por edad ochentero: las aventuras de Jason, su máscara de hockey y su machete en la saga de películas de título fatídico marcaron mi adolescencia, además de no dormir con Freddy en su pesadilla en Elm Street. 
¿Existe la mala suerte? No sé, la verdad. Por formación estoy obligado a declararme seguidor del progreso y de la física; me cuesta pensar que una fecha del calendario, un gato negro, el vano bajo una escalera de mano, romper un espejo o un poco de sal derramada vayan a cambiar el spin de los quarks, a alterar las matemáticas o las órbitas de los astros. Pero también soy de mente abierta; como decía Hamlet a Horacio, «hay más cosas en el cielo y la tierra de las que han sido estudiadas en tu filosofía». Pensar que hemos llegado al sumun de la sabiduría implica una ceguera que solo puede garantizarnos el mayor de los tortazos. Milenios de posos de conocimiento en nuestro inconsciente colectivo guardan a buen seguro valiosa información, que nos empeñamos en rechazar por carente de sustento lógico y científico. La superstición puede ser el superviviente que viene a avisarnos desde lo más olvidado de nuestra experiencia.
Quizás nuestra mente guarda y aumenta solo la cuenta de los males que en días como hoy nos acontecen, sin darse cuenta de que los mismos se dan en otras fechas menos marcadas, y así acrecentamos la fama calamitosa del guarismo. Quizás. Pero al año hay entre una y tres coincidencias de viernes y trece; en este nos han tocado dos. ¿Recuerdan cuál fue el otro? Pues, sí, hace exactamente 8 meses, un viernes y trece de marzo, salía Pedro Sánchez en televisión para informar del que entonces no sabíamos que sería el primer confinamiento. Ahí lo dejo.