El viento en la lumbre

Fernando Romera


Ávila de paso

06/04/2021

Baroja pasó una vez por Ávila. Supongo que vendría en más ocasiones por esta ciudad de nuestras entretelas, pero no dejó dicho ni mu. Paró la familia en la estación viniendo de Irún con destino Madrid. Su padre quiso invitar a unos bollos de desayuno, pero no había; así que debieron de tomar algo de lo local que hubiese en el bar y siguieron ruta. Cuenta el vasco que algo del desayuno le sentó mal y pasó muy mal camino. Ya es triste que lo único que cuente (de la capital, de la provincia hay algo más pero tampoco muy decorativo para la gloria patria) sea una indigestión. Todo ello lo cuento de memoria. Creo que aparece en sus textos autobiográficos o en alguno de sus relatos cortos; pero, por breve, lo recuerdo relativamente fresco y en poco me equivocaré. Otros coetáneos suyos contaron algunas cosas más, reflexivas las unas, estereotipadas, las más. Quien más quien menos veía en Ávila la vieja ciudad muerta, a la manera de Brujas, impermeable a la modernidad y caduca en sus formas y fondos. Azorín, dentro de lo malo, te dibujaba unos jardincillos cerrados, o unos pueblecillos ateridos y secos como quien habla del Nepal y, con ese ritmo de pensamiento levantino, parecía que la cosa era hermosa en su exotismo. A Unamuno todo le parecía espiritual, hasta lo que apestaba a humanidad rancia, pero, al menos, le puso un alma a la ciudad. Su alma, es cierto, porque Unamuno hablaba siempre de lo suyo, aunque hablase del tiempo. Machado tampoco recogió gran cosa, aunque, si tampoco me acuerdo mal, y se hace caso a una biografía bien documentada, una abuela suya procedía de Ávila. Esta gente venía de los limoneros de Sevilla, del Mediterráneo grecorromano y asiático; de las frondas vascongadas, donde las ciudades no tienen más historia que la que se les quiera dar. Castilla, como símbolo, se les dio bien. Pero como tierra, les vino grande. Los del norte entendían de esa antropología primitiva de los mitos terrenales y precristianos. Que se lo digan a Baroja que te hacía una novela con las leyendas del pueblo y un par de personajes y le quedaba, además, bastante bien.  Pero, de lo que son ciudades históricas, más bien poco. A los del sur y el levante, la reciedumbre se les hacía bola, porque, como decía, estaban construidos del  barro de los mitos homéricos, enmarcados en las columnas de Hércules y envueltos en sedas moras y joyas fenicias. El mundo godo, con su hidalguía de soldadesca y su romanidad desvirtuada por los mitos célticos y germanicos, y luego cristianos, no pasaba por ser sino una edad media que se resistía a dejarse llevar por el cálido viento del este. Esa hidalguía, vieja y cristiana, se dibujó en rostros duros y enjutos, como los apóstoles de Velazquez o los San Jerónimos del Greco, y querían ver místicos donde sólo había agricultores pobres que se mataban por arrancarle patatas a una mala tierra. Ese era el prototipo de castellano que aún hoy quieren ver no pocos. Ya vamos teniendo menos de aquellos y el arquetipo, hoy, ha dejado paso al de todas partes: chavalines de acá y de allá con pantalón pitillo, deportivas y gorra. O lo que sea que se lleve ahora. Es una herencia cultural como cualquier otra. No sé hasta qué punto esa gente de lo que se llamó, muy mal llamado, el 98, ha hecho daño a esta tierra. Ni siquiera sé si eso es hacer daño o sembrar virtud. Pero en el reparto territorial de topicazos en que se ha convertido España en las últimas décadas, a nosotros nos ha tocado seguir arrastrando el mito del novecientos, siglo y pico después. Y, quien más quien menos, cuando llega a estas tierras, parece hacer como el padre de Baroja, parar un poco en la estación a comer unos bollos y tirar hacia Madrid, que, aun siendo un poblachón manchego, se dice que es una gran ciudad mucho más universal que esa pobre Ávila y esta miserable Castilla en la que sólo se quieren ver ciudades viejas, como Brujas, como la Toscana, pero siempre en pobre y seco, según parece ser. Hoy moderno lo puede ser cualquiera en cualquier sitio; hasta en los perdidos pueblos de esas parameras de Ávila en las que, como decía Ortega, incluso hay un pueblo que se llama «la Hija de Dios». Sólo hay que llevarse el portátil y el móvil. Si además las autoridades les dan ciertas facilidades, a lo mejor conseguimos que se nos vea como lo que somos y no la estación de paso en la que comerse unos bollos, si es que los hay.