Desde la muralla

Sara Escudero


Dos gardenias

09/10/2020

Quedarse “huérfana artísticamente” hablando, en menos de una semana es difícil de digerir. La triste despedida de dos personas que me han acompañado desde mi niñez hasta ahora, me ha sumido en una nostalgia difícil de describir. A uno no le llegué a conocer, pero marcó mis lecturas y rarezas. El otro, dejó una huella imborrable en mi corta vida como pintora y en la fructífera vida de sueños con banda sonora.
No me quiero parar en la trayectoria de Arturo Martinez ni en la de Quino, porque estos días han sido muchos los reportajes en nuestra ciudad y fuera de las fronteras que han comentado la vida de dos personas dedicadas al arte, al pensamiento crítico y al raciocinio por encima de todo. Ver más allá, ser visionario de otros tiempos, ser crítica y a la vez propuesta…. Es algo en común que caracterizan las dos personas que no pueden pasar inadvertidas por tu vida.
A los pies de la muralla, cada sábado por la mañana nos juntábamos una buena tropa. Inma y yo con camisa y corbata éramos de las más madrugadoras en cruzar el parque de San Vicente. Rufes con su talante tranquilo, Juanma y sus locuras, Oscar y su sentido particular de la cera y el arte abstracto. Eran las 10.30 de las gélidas mañanas de antes y con ganas de colorear el mundo, paseábamos por la zona de mayores y pequeños inmersos en el placer de crear. Para Arturo nada estaba mal. Todo entraba dentro de lo posible, de tu visión, de la forma que cada persona tenia para expresar lo que sentía, veía, escuchaba y olía. Era arte en niños y niñas con todos los sentidos. Muchos sábados, muchas exposiciones, muchas risas y a veces emociones tristes, brotaron allí, en aquella primera planta llena de luz y olor acrílico. Arturo fue un gran artista, Si. Pero me quedo con lo que me hizo aprender de la vida, sentir, observar. Me quedo con Maria Dolores Pradera, Los Panchos y la tierna sonrisa de un hombre enamorado del arte y de la enseñanza. Me quedo con lo que inspiró en mí, porque el legado de las personas es lo que te hacen sentir. Despertar emociones en otras personas, es posiblemente el mejor regalo que alguien te puede hacer. Y Arturo despertó en nosotros la magia, la confianza y la necesidad de ser inconformistas con el mundo que nos rodea.
Ahora mismo no podría asegurar si el arte abstracto, los bodegones o aquellos paisajes maravillosos vistos con los ojos de un verdadero artista, le apasionaban tanto como las tiras de Mafalda. No sé si Arturo era seguidor de Quino, y ya no podré preguntárselo en los minutos robados que nos seguían manteniendo unidos al encontrarnos en el supermercado. Pero sí sé que adoraba los tangos. Si Mafalda no es el punto de convergencia de mis dos padres artísticos, seguro que la pasión por Gardel si era algo común: “Volver con la frente marchita, las nieves el tiempo planearon mi sien. Sentir que es un soplo la vida, que veinte años no es nada, que febril la mirada, errante en las sombras te busca y te nombra.  Vivir con el alma aferrada a un dulce recuerdo que lloro otra vez” 
Arturo y Quino, aparte de su obra tenían cosas que les hacían increíbles: su gran personalidad, su pasión por la política, su valoración sobre los problemas sociales y el entorno. La visión de un artista es la voz creativa, el pensamiento divergente, el ser, sentir y estar, que emociona, dice, canta y transmite. 
Dos Gardenias para mí, con ellas quiero decir que os admiro, que sembrasteis en mi valores y principios, que lo aprendido será siempre fruto. En este mundo en el que sobran las palabras, las desigualdades que tanto manifestó Mafalda, donde la humanidad sigue estando algo loca. En este planeta tierra, del que nos queremos bajar de vez en cuando para que pare el tiempo, encontrar personas que transmiten valores, que saben que la educación es la base de cualquier cambio social, capaces de llamar la atención con su arte e ilusión por ver las cosas de otra manera, es bastante difícil. Esos, los verdaderos y verdaderas artistas, son una especie en extinción. 
Cuando trazar con un lápiz una rayuela puede ser el instante infinito de una puesta de sol. Cuando una granada puede dar color al universo. Cuando una muñeca en blanco y negro sigue estando de actualidad a pesar de los años. Ese es el preciso momento en el que lo efímero se vuelve eterno.