De la rabia y de la idea

José Guillermo Buenadicha Sánchez


Procesiones interiores

02/04/2021

Lo sé, estimados tres —quizás solo dos en estas fechas— lectores. No soy original con el manido dicho. Hasta nuestro obispo acudió hace varios días a él. Este año, como el pasado, la procesión va por dentro. No solo sobrellevamos calladamente penas y dolores sin mostrarlos públicamente, sino que además las procesiones de la Pascua de Pasión y Resurrección han dejado de ser colectivas y públicas y se han reinventado en visitas con medidas de seguridad a los pasos en los templos, entrevistas a protagonistas Covid en el Viacrucis o lecturas por Zoom del Sermón de las Siete Palabras.
Visitar estos días los pueblos de nuestra geografía —el confinamiento solo permite la autonómica— es encontrar calles desnortadas, plazas apelmazadas de vacío, brisas sin incienso ni cera quemada, cruces de madera ancladas en el fragor cotidiano o ensordecedores silencios sin tambores ni cornetas. Incluso algún cofrade despistado con sus mejores galas de Domingo de Ramos, buscando inestable la siesta tras enjuagar sus penas con unas limonadas de más. Muchos se lamentan de ello públicamente entre tristeza y pérdida, con añoranza por las tradiciones incrustadas en nuestro gen social, profesión y procesión de llanto exterior ante no poder ser lo que se era o hacer lo que se hacía.
Pero la Semana Santa no se ha perdido, al menos su razón primigenia. Quizás sí la vertiente económica: masas de viajeros arrastrándose por la piel de toro a presenciar cómo en tal o en cuál sitio procesionan mejor, más calladamente, con más aparente fervor, en mayor cuantía, con pasos más espectaculares o con más abundancia de antiguos detalles rescatados del olvido. Y aprovechar de paso para hacer turismo de «cultura, gastronomía y ocio». Puede haberse perdido también la socialización en las cofradías, esos momentos para ver, dejarse ver o jugar a intuir quién es quién; la excitación y el bullicio de la preparación, a veces de meses —algunos barrios abulenses dan fe de ello, «ensayódromos» de toques procesionales día sí día también—. Pero, ¿se fue acaso la esencia de lo que se celebra? ¿Es obligatoria esa profusión social y despliegue de medios para recordar y reflexionar sobre la muerte y resurrección de Cristo? ¿Dónde quedó el sentido religioso, frente a la iconolatría? ¿La Semana Santa somos nosotros disfrazados o es el eje central de una creencia?
Hemos envuelto lo esencial en oropeles y liturgias que han fagocitado al contenido y han mutado poco a poco en lo esencial. Hemos confundido la tradición con lo que ella transmite, pensado que reiterar cual autómatas gestos pretéritos solo porque los hicieron nuestros abuelos nos hace crecer como sociedad o civilización, olvidando la capacidad de raciocinio y la fe —el que realmente la tenga— en creencias, no en exhibiciones y boatos.
Este «año extraño» parece buen momento para hacer borrón y cuenta nueva, poner orden en el trastero y sentar las bases de nuevas «tradiciones» para los próximos cien años, quizás envueltas en estéticos festejos de morados e imaginería, pero sabiendo lo que simbolizan. Y llevar la procesión por fuera si hace falta, pero solo cuando lo que se pierda no sea la procesión, sino lo que lleva ella dentro. No sé si me explico.