El Valtravieso

Álvaro Mateos


La vida y la muerte

29/03/2021

El juego de palabras entre la vida y la muerte, la muerte y la vida, así indistintamente, hace que los abulenses pensemos en una calle y en una leyenda. Oficialmente, lleva el nombre de la Cruz Vieja e inspiró al escritor argentino, autor también de La Gloria de don Ramiro.
Muerte y vida simbolizan estos días, en un calendario que hunde sus raíces en la cultura cristiana y, en este lunes santo, nos serviría para evocar el tradicional encuentro entre la Virgen de la Esperanza y el Cristo de la Ilusión en los aledaños de la Catedral. 
Muerte y vida hemos recordado la semana pasada cuando, en un mismo día, 25 de marzo, coinciden la Encarnación y la fecha en la que Tertuliano señala como el día en el que fue crucificado Jesucristo –de hecho, la Iglesia celebra en esta fecha a San Dimas, el buen ladrón– y cada 141 años coincide con el Viernes Santo.
Muerte y vida son el eterno retorno, son la puerta que se cierra y se abre del Palacio de los Dávila y El Quijote, son el sentido de la vida. Muerte y vida, en primavera, son una apertura a la Luz que también nos trae el cambio de hora que entró en vigor ayer. 
Sin embargo, lejos de gritar un necrófilo «¡Viva la muerte!», como hizo Millán Astray en el famoso desencuentro con Miguel de Unamuno en Salamanca, siempre y por encima de todo apostaré por la vida. Nada tendría sentido si la muerte acabase con todo, si la muerte campase a sus anchas y sembrásemos todo con sus alas de destrucción. Apostar por la vida es la mayor muestra de libertad, es dotar de sentido la existencia y entender que la muerte es parte de la vida, sin resultar un fin, sin tener por qué ser el final.
Volviendo a don Miguel, con su sentimiento trágico, dejó escrito que «nuestra vida es una esperanza que se convierte continuamente en memoria y la memoria engendra esperanza». Son muchas las personas que pintan la vida con un corazón verde y tienen en ese gesto su razón de ser. 
Estas ideas las podría trasladar a muchos ámbitos. Uno de ellos es el de la salud y el del bien morir. Los que curan siempre apuestan por la vida, hasta tal punto que lo juraban simbólicamente en el inicio de su profesión. Y curar para paliar el sufrimiento es uno de los mayores gestos humanos en defensa de la vida. 
De ahí que en estos días que nos conducen hasta el Domingo de Resurrección, quiero quedarme con este mensaje, con esta defensa enérgica de la Vida y la Luz. Este año largo que ha pasado nos ha dejado regueros de muerte y enfermedad y solo saldremos a flote pensando en la Vida, situándola como centro de nuestra existencia. Quien tenga oídos, que oiga.