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Editorial

La polarización brasileña se impone en las urnas y gana a las encuestas

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Todo parecía estar muy claro antes de las votaciones del domingo en Brasil y es que las encuestas daban como claro vencedor al expresidente y candidato de la izquierda, Luiz Inácio Lula da Silva, sobre el actual mandatario de derechas, cuyo mandato ha estado en boca de la calle en numerosas ocasiones y ha suscitado la polémica, sobre todo en relación con la manera de afrontar la pandemia de coronavirus. Lula da Silva parecía haber conjurado el lastre de la corrupción y se presentaba como un corredor de fondo, hábil en la negociación, de palabra fácil y con un aura de renovación, para amplios espectros necesaria. Llegaba a las urnas afónico, pero como el gran favorito.

Jair Bolsonaro, por su parte, no había dejado de invocar a Dios durante la campaña, de igual modo que no había ocultado su patriotismo exacerbado, su defensa de las armas y los mensajes tendentes a situar los logros económicos derivados de su propia negativa a imponer cuarentenas y a parar la actividad productiva durante lo peor de la covid-19, proyectando sobre los contagios y las muerte los beneficios de la prosperidad. Las encuestas en su caso lo situaban el segundo, a suficiente distancia de Lula da Silva como para que este consiguiera una mayoría suficiente en la primera vuelta. Sin embargo, las urnas han demostrado una vez más que son las únicas infalibles y que no hay sondeo por muy bien hecho que esté, que no encierre mentiras, ocultaciones o que no pueda darse la vuelta si así lo consideran los votantes. Estos tienen siempre la última palabra y en este caso lo que han hecho es trasladar a los colegios electorales la polarización del país: un 48,2% de los votos para Lula da Silva, que ha ganado en catorce estados y se ha hecho con el voto exterior, y un 43,3% para Bolsonaro, triunfador en doce estados, incluidos Río de Janeiro, Sao Paulo y Brasilia.

Y, así, quien ya se veía con el triunfo en la mano y de vuelta a la presidencia, se ha encontrado con un rival que ha salido reforzado de las urnas, y tendrá que seguir luchando hasta el 30 de octubre para ver si en la segunda vuelta consigue lo que se vaticinó para la primera. Bolsonaro, por su parte, puede sentirse satisfecho de seguir en la pelea cuando en las fechas previas a los comicios, poco menos que se le daba por amortizado. Los duelos verbales son solo eso, verbales, y los hechos violentos que se han registrado, con ser absolutamente condenables, tampoco han inclinado la balanza de forma definitiva.

Lula da Silva lo califica de «prórroga» hacia la victoria final, pero nada parece tan seguro ya como antes de este domingo. Ambos candidatos están en los polos opuestos y van a tener que negociar con los minoritarios para hacer con sus apoyos. Quizá cierta contención podría calmar un poco el enfrentamiento de cara a la segunda vuelta, pero con solo 5 puntos de diferencia no parece demasiado probable.