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David Ferrer

Club Diógenes

David Ferrer


El obispillo

28/12/2022

Cuando se habla de tradiciones, es necesario a veces estar en guardia y sospechar. Esto es tradición, se lleva haciendo así toda la vida, se oye con frecuencia. Hay supuestas tradiciones de cinco, diez o treinta años. Así que tradición es lo que usted quiere que lo sea. Aunque lleve haciéndolo tres meses seguidos. Enhorabuena. 
Otros eventos no son tradicionales porque se perdieron en el tiempo, bien por decadencia, bien por imposición. Los concilios, las sucesivas disposiciones eclesiásticas, las legislaciones acabaron por demonizar y condenar todo lo que tuviera algo de jocoso. Tanto en los tiempos medievales como en los nuestros, la risa es un mal y la ironía aún algo más perverso. El periodista Juan Soto Ivars habla de ello en un libro reciente que se titula precisamente Nadie se va a reír. La increíble historia de un juicio a la ironía. Pocas bromas con esto.
Pero hoy es 28 de diciembre. Hoy va de broma, de burlas y de veras. No está mal reírse de los tiranos de la rectitud y también de los que nos gobiernan. Y en vez de venir con chanzas de mal gusto, que no es mi estilo, sería bueno rescatar algunas tradiciones. Así que propongo algo relacionado con Ávila. Hacia el siglo XIII o XIV se celebraba en esta ciudad, en la festividad de los inocentes, una suerte de paseíllo jocoso, carnavalesco, en el que un niño ataviado de obispo, el obispillo, bendecía a la concurrencia a la cual se le permitía ese día hacer todo tipo de bromas para carcajearse de los regidores, de los curas o de quien apeteciera. Como puede imaginarse este mundo al revés, esta celebración de la risa terminó por agostarse en el invierno de la moralidad. No fue solo Ávila, donde está documentado, sino que hay referencias igualmente en sermones, libros morales y actas de concilios que aluden a festejos similares en Burgos, Palencia, Murcia y localidades gallegas. Como ven, lo viral no es solo cosa de nuestro tiempo. No creo que a nuestros políticos actuales les hiciera mucha gracia que se recuperase en estos días recios la ceremonia teatral del obispillo, o al menos en los términos casi celestinescos con que se celebraba entonces.
El niño-obispillo actual debería recorrer nuestras calles y darle un repaso a los grupos del Ayuntamiento, incluidos aquellos que no tienen candidato o que lo guardan en un congelador por si vienen mejores tiempos. El obispillo jocoso de los inocentes bendeciría con sorna las obras del Museo del Prado y haría parada montado en su burro en la estación de trenes para rociar con el hisopo las excelentes comunicaciones ferroviarias de las que disponemos. El pequeño obispillo se abrazaría misericordioso con el actual prelado de la ciudad y le diría, buena te ha caído en tu jubilación, hermano. El obispillo de nuestro tiempo daría un repaso a las autoridades educativas, o como se llamen, por las disposiciones absurdas que nos mandan. Y así, entre unas cosas y otras, pasaríamos un feliz día de los inocentes. Porque por un día un niño diría la verdad y sacaría los colores a unos cuantos. Feliz 28 de diciembre. Sonría.