Pensando

José Ignacio Dávila


En defensa

03/08/2020

En ocasiones el estudio de la historia nos puede hacer recuperar la importancia de los hechos en defensa de nuestra conciencia social y constitucional. En lo social, las vidas entregadas a la defensa de la dignidad de la familia y de los hijos, de las oportunidades para entregarles lo mejor que podemos hacer para abrir sus los ojos a la vida real, que les espera; para la formación, la responsabilidad personal y la sana ambición para defender su presente y futuro por una vida mejor, familiar y social, en el destino que sólo a ellos les pertenece.
En lo constitucional, la defensa de todas las grandes empresas que nuestra cultura histórica ha conseguido hacer reales, las crónicas de la necesidad de la fuerza, de la unión en propiedad soberana para alcanzar la condición de ciudadanos, el temple necesario para superar las grandes crisis y enfrentamientos cuando la inconsistencia del Estado ha dado lugar a episodios de dolor, enfrentamiento y ruina social por la falta de colaboración ante el peligro que avanza, común y de todos. 
La historia es implacable si nos desarmamos políticamente en los tiempos en que se puede olvidar la importancia real del inmenso valor social que exige defender la suma de las experiencias de las vidas de nuestra gran familia personal y social: Son las cosas de casa, más o menos importantes, pero nuestras, a lo largo de tantas generaciones por el camino recorrido, de padres y sus mayores, escritas en la memoria y hasta en papeles, de casa; experiencias sumadas en entrega y la herencia de nuestros hijos, vecinos y allegados. Son crónicas de una sociedad que nos pertenece, no tenemos otra, grande por ser nuestra, valiosa en evolución constante, la patria chica de nuestros pueblos en la Patria grande, en la convivencia en sociedad de todos para todos, en Constitución defendida, que tanto nos ha beneficiado por la historia del consenso y en defensa de la paz posible.
Las historias de lo bueno y de lo malo; de las vidas más o menos importantes en el mundo social que nos toca vivir y mejorar. Lecciones inseparables de la vida, de cada día, en defensa de la convivencia individual y solidaria; nos enseñan que la sociedad no puede ser víctima de las circunstancias; ni del deterioro de la acción política ante los malos momentos; ni del desarme ideológico en la evolución de la convivencia y unión de la ciudadanía ante las crisis sociales. Nos enseñan que cada etapa de superación de dificultades, de crisis sociales y sanitarias, necesita contar la fuerza del Estado ante amenazas de todo derrumbe constitucional, para seguir con ética social y legal constituyente de una sociedad reforzada constantemente y no puesta en manos de opciones irreconciliables. 
En la historia, si falta la defensa de la cultura común, si se oculta el valor de la fuerza de la ciudadanía; si se deja de fortalecer la herencia de cuanto ha servido de vínculo social en la comunicación, el valor de las lenguas y de las culturas en suma de tesoros que proteger; si se debilitan los principios y valores éticos y sociales, unidos a la civilidad (sociabilidad y buen hacer en temas de la convivencia) y ciudadanía (cualidad y derecho de ciudadano, conjunto de los ciudadanos de un pueblo o nación), por la justicia social real y posible…; si se quedan en el papel las reglas de la convivencia constitucional… 
Cuando esto ocurre, los problemas aparecen, y llega la necesidad de la defensa política y social frente a la incertidumbre social y el riesgo de la falta de motivación para seguir con fuerza, visión de futuro y poner en marcha la fuerza constituyente de la mejor convivencia, en el encuentro de las opciones posibles aportando soluciones, con la inteligencia social del consenso político. La fuerza de la unión de las riquezas ideológicas hace posible lograr el Estado Social y Democrático de Derecho real, no ideal, y su defensa. Los hechos y la acción política no pueden aislarse de los electores, soberanos constitucionalmente.
En momentos de crisis la defensa de la política real sirve para iluminar el camino de la convivencia, en tiempos de la historia por escribir en unidad y convivencia, en que recobra vida el sentido histórico de los hechos y la temporalidad del antes y del después; pasos a dar para fortificar las defensas de la sana política, embridar las fuerzas sociales para ponerlas al servicio de la convivencia constituyente de una sociedad de todos para todos como verdadera ley práctica de la convivencia, responsable, en defensa de la vida de todos en momentos virales para la sociedad.