Fernando Romera

El viento en la lumbre

Fernando Romera


La movida cortesana

29/06/2021

En los primeros años 80, eso que se llamó con poco tino «la movida», se puso de moda hablar de una España posmoderna cuyo ariete había sido la ciudad de Madrid. En la práctica, esa posmodernidad era un tiempo de diseño, de diversión, de discurso fácil y de ruptura con lo viejo, aunque eso viejo no tuviera más allá de diez años. De aquellas novedades se hicieron eco los más de los grupos de moda. Quizá el más representativo de esa posmodernidad fue Mecano. Sus letras referían el gusto por crear esos nuevos aires: maquillaje, huida (a Venus, por ejemplo), fiestas en las que colarse... y esa voz de Ana Torroja entre la psicofonía y la beatitud. Pero también el mundo del arte se llenó de imágenes de lo nuevo, desde Ouka Lele hasta Almodóvar, pasando por Agatha Ruiz de la Prada o Javier Mariscal. Villena, que tiene mucho ojo para la crítica social de la época, hablaba de lo suave frente a lo duro para referirse a esa dialéctica entre la España posmoderna y la antigua o moderna. Lo duro eran los Burning, el rock más heavy de Barón Rojo, por poner un ejemplo, o Alberto García Alix, en fotografía y los de Gabinete Caligari, que se presentaban en los conciertos como «fascistas». Lo suave, lo posmoderno, era Alaska, con Berlanga y Nacho Canut y su Glam-rock. En literatura, Eduardo Haro Ibars jugaba entre dos aguas, con un coqueteo no disimulado con grupos como los citados Gabinete o Burning de quienes fue letrista, como también lo fue de los muy suaves «Orquesta Mondragón». Madrid era la capital de lo nuevo, de una europeización que llegaba de la mano de una revista ecléctica como era «La luna de Madrid». Barcelona, por el contrario, pervivía como un resquicio de lo moderno del que escapaban los grupos (literalmente, hacia Madrid) o a la que cantaban, directamente, como Loquillo: «Barcelona ciudad, nada se hará realidad». Contrariamente a lo que parece haber llegado a nuestros días, la modernidad, la europeización y la renovación social de España no vino de Cataluña, sino de Madrid. Con lo bueno y con lo malo. La sociedad española fue permeable a todos aquellos cambios y hubo «movida» en Vigo, Zaragoza, Murcia o Salamanca. Yo viví en esta última ciudad los estertores de esa época. Fue el segundo lustro de los 80 el que yo anduve. Fue la movida de provincias, la imitación barata de lo madrileño que comenzaba a disgregarse. Copias vanas del Berlín Cabaret, club al que se entraba con una aparente contraseña, del Penta, de La Vía Láctea, quizá la más posmoderna sala que abrió en Madrid, y cuya decoración neoyorkina se copió en media España y aún se copia: cartelería de todo tipo pegada en paredes y techos, neones de colores... (video-music bar, grill, creperie era todo a un tiempo). A Salamanca llegaron El Metro, El Country, el Submarino, el Gastby, el Santa Bárbara o el María, etc, de alguna manera emparentados con aquellos padrinos de la capital. Pero sobre todo, quedó en provincias un resto de aquella renovación cultural literaria. Recuerdo ahora a Aníbal Núñez, a quien conocí de pasada, Paco Novelty y José Castaño, también en Salamanca, a Luis Javier Moreno, en su Segovia. Eran, para Castilla, la voz de un cambio que tenía también eco en la corte remozada de neón y pastel. Eran la parte de la movida que no encajaba en lo suave ni en lo duro. La movida se olvidó de la provincia y ejerció de corte: enviaba su moda acá y allá, movía sus grupos de sala en sala, exponía sus fotos en viejas paredes de garitos de copas... pero seguía siendo la corte. Hubo una movida de lo provinciano, sin embargo. A pesar de que Séptimo sello cantase con sorna eso de «Todos los paletos fuera de Madrid». Fue el triunfo de un cambio en lo recóndito, en la soledad del estudio del pintor o de los pequeños grupos que tocaban en baretos y discotecas sin aforo apenas. Me he acordado hoy de todo ello releyendo una carta del poeta Luis Javier Moreno, que por edad y vocación y amistades, habría que contar en la nómina de los escritores de esa posmodernidad. Tenía un membrete con un Snoopy asomándose en la esquina superior derecha. Y un innúmero y cultísimo poemario. De alguna manera, eso es lo que quedó, ya destilada, de la movida posmoderna de Madrid en estas tierras. Algo granado y selecto. A lo mejor hay que dedicarle algún tiempo a ello.