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Emilio García

Desde el mirador

Emilio García


La otra realidad

13/05/2022

Las palabras que refuerzan el discurso de Alberto Núñez Feijóo, nuevo presidente del Partido Popular, atienden a los sentimientos, un mensaje cercano, real, positivo y claro para cualquier ciudadano.
Que Sánchez solo piensa en su esbelta figura, ya lo sabemos, y la última demostración fue su viaje a Kiev. También, que nada ha de empañar su sonrisa forzada, bajo la que esconde sus gastos desorbitados con los que esquilma la bolsa económica que hemos puesto en sus manos los españoles.
Los relatos de quienes le acompañan en el (des)gobierno de España pretenden ocultar su inacción, su distanciamiento de la realidad, su vacío intelectual, su marginal eficacia gestora y, sobre todo, su agónica subsistencia, fruto de una esquizofrenia que les incapacita para gobernar.
Cuando escuchamos a la jaula de papagayos repetir las proclamas que se dictan desde el despacho de Oscar López -el que dejó Paradores para ponerse un chaleco en Kiev- nos llevamos las manos al bolsillo porque sabemos que tras las mismas llegará un nuevo sablazo a nuestras mermadas economías. Lo último dicho por la ministra de Hacienda no puede ser más claro: «El eslogan de que todo se soluciona bajando impuestos significa debilitar el Estado del Bienestar»; el cinismo no tiene límites.
También comprobamos que son varios los ministros que no aportan nada a la sociedad y los que pretenden afianzar su «relevante» actuación confirman que pretenden vender mantas en el desierto como si realmente la vida de los españoles, nuestras vidas, estuvieran a salvo gracias a sus iniciativas.
Si nos paramos un momento a valorar lo realizado desde el ejecutivo no solo no encontramos argumentos que avalen sus iniciativas sino que nos vemos sometidos a un vaivén de sospechosas ocurrencias que acaban con la paciencia de cualquier ciudadano. Llevamos dos años sin que sepamos qué es lo que quieren hacer, a dónde pretenden llegar y con qué propósitos atienden las demandas de los ciudadanos. Nos sentimos desamparados y, sobre todo, ninguneados en el interminable relato normativo que lejos de aclarar el panorama español lo oscurece sobremanera. 
Es evidente que nada de esto nos sorprende, pues el primer ministro ha decidido ser España sin contar con nadie; es decir, ha asumido la autocracia como modelo de poder. El ejemplo más reciente lo tenemos en la decisión tomada sobre el Sahara (y Marruecos) y las consecuencias derivadas con Argelia, que ha decidido ejercer su presión en el precio del gas que nos suministra. Al final, siempre pagamos los españoles las decisiones arbitrarias de nuestros gobernantes.
De cada consejo de ministros surge un puñado de leyes que solo conducen a complicar más la vida de los españoles. Todo sobre la base de unos postulados ideológicos que no atienden al día a día de los ciudadanos. Ellos viven con tranquilidad su mandato: nada se soluciona, todo se trampea de mala manera. Como no hay un diagnóstico claro, no se ataca el problema. La solución resulta difícil encontrarla y menos si nadie se pone a ello; creen que todo llegará con el tiempo.
Como la realidad resulta compleja nadie se atreve a abordarla con seriedad. El problema sustancial de nuestros políticos es desarrollar su vida desde el plano ideológico; ¡es así de triste! Cultivar la mente para saber ejercer un trabajo desde la humildad del desconocimiento, no es algo que corra por su venas. Están más preocupados (y ocupados) por la biografía que le escriben que por solucionar los problemas del ciudadano. No tienen vergüenza ni pudor alguno, sobre todo cuando sabemos que no tienen nada que aportar.
Es evidente que la toxicidad transpira desde los medios y las editoriales, y que las informaciones difundidas por el aparato del poder han conseguido que los españoles seleccionemos más nuestra fuentes y diseccionemos los discursos más racionalmente. Como bien dijo en cierta ocasión el escritor mediático Juan del Val, «el sectarismo es un síntoma de la estupidez; el respeto lo es de la inteligencia».
Y, la última anécdota: la transparencia de la Casa Real no se aplica a la gestión del Gobierno. ¿Por qué quieres para mí lo que no quieres para ti? ¡Algo tendrán que ocultar!