De la rabia y de la idea

José Guillermo Buenadicha Sánchez


Mi brindis

26/06/2020

Albert Camus fue merecidísimo premio Nobel de literatura en 1957. Nacido en familia pied-noir en la Argelia francesa, fue la voz por excelencia del existencialismo, truncada por precoz muerte en 1960. De su bellísimo discurso de aceptación entresaco una frase de triste vigencia: «Indudablemente, cada generación se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no podrá hacerlo. Pero su tarea es quizás mayor. Consiste en impedir que el mundo se deshaga.»
A los pocos días de recibir el galardón, Camus escribe una carta a su maestro de primaria, Louis Germain, en la que le da las gracias porque sin su ayuda –creyó en él, buscó becas, le trasmitió la pasión por el saber– nunca hubiera obtenido el galardón: «No es que dé demasiada importancia a un honor de este tipo. Pero ofrece por lo menos la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y le puedo asegurar que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso continúan siempre vivos en uno de sus pequeños discípulos». En apenas veinte líneas vemos a todo un Nobel desvelando que décadas después de ser su alumno su primer pensamiento al serle notificado el premio, tras su madre, fue para su maestro. 
Hemos transitado por esta rarísima primavera marcados por la silente amenaza del virus y dedicado merecidísimos aplausos públicos a varios colectivos en primera línea. Seguro que alguno habrá ido para los docentes; si no es el caso, alumno que fui hace años y hoy padre de alumnos en estos complicados días, me permito, acabado ya el curso, aportar el mío aquí. 
Quiero transmitir mi admiración a los enseñantes de hoy –y mi recuerdo y respeto a los de ayer– por estar, por cumplir, por levantaros, por conectaros, preocuparos, prepararos, responder. Por haber sabido gestionar una multiplicación ingente de trabajo, por haber lidiado con las herramientas que con mejor o peor fortuna los organismos educativos os dieron para capear esta pandemia de la misma forma en la que antes de ella ya peleabais con las que teníais. Y por hacerlas buenas; a veces una tiza y un encerado en manos de un auténtico maestro valen más que mil plataformas.
Pero sobre todo va mi aplauso escrito por ser los impagables portadores de la llama del saber, esa que pasa de una generación a otra, esa que, hijo yo de maestros, de profesores, he sabido entender que justifica una vida en la enseñanza. Nadie lo dijo mejor que Gerardo Diego en su poema Brindis al reunirse con sus amigos habiendo sido nombrado catedrático de instituto. Tras hablar de los monótonos días de repetición de temario que le esperaban, añade: «Pero un día tendré un discípulo, un verdadero discípulo, y moldearé su alma de niño y le haré hacerse nuevo y distinto, distinto de mí y de todos: él mismo. Y me guardará respeto y cariño.». 
Brindo por vosotros, Maestros con mayúscula, que estos meses habéis sabido seguir propagando ese fuego. Tened por seguro que el esfuerzo, trabajo y corazón generoso que habéis puesto continuarán siempre vivos en cada uno de vuestros pequeños discípulos; ojalá muchos de ellos, dentro de varios años, os lo sepan recordar con emotivas cartas al lograr alcanzar las metas y objetivos en sus vidas.