El viento en la lumbre

Fernando Romera


Pelis del Oeste en el cumpleaños de Clint Eastwood

16/06/2020

Clint Eastwood marcó buena parte de mi infancia. Mi abuelo materno solía llevarme al cine todos los domingos por la mañana al entonces «Reyes Católicos», donde un nutrido grupo de colegiales con sus abuelos pasábamos ese tiempo absurdo de las mañanas de domingo, aún más que el tiempo de las tardes, hechas de fútbol y sobremesas familiares de paella o ensaladilla rusa. Después de gastar la paga en los puestecillos de chuches que adornaban –uno los recuerda como un adorno aunque no eran más que una carretilla semioculta por un tolducho– los soportales del chico o los del grande, según vecindario, ese tiempo muerto, más aún en invierno, era un momento especial para ver cine. Era la sala aquella lo que se puede decir, sin caer en el tópico, un hervidero. Críos gritando los momentos álgidos y la interrupción para visitar el inexcrutable ambigú, que no era más que el barecillo con más chuches aún. La mayor parte de los domingos la sesión consistía en películas del oeste, alguna de aventura de piratas o romanos y, rara vez, de dibujos animados. Cuando caía alguna de Bud Spencer y Terence Hill, podía haber cola a la entrada. Las del oeste, no sé si por el precio de la cinta o por solicitud del personal, solían moverse semana tras semana, entre el spagetti western  y el chorizo western. De entonces a estos tiempos he seguido siendo fiel al género y, cuando ponen alguna en la tele, que es algo cada vez más raro, me enchufo al televisor. Quizá por defecto de la infancia, me siguen gustando muchísimo los malos, malísimos westerns. Aquellos en los que los malos son feos y sucios, hay espuelas en las botas camperas y los tiros suenan falsamente a golpe de bala contra un pedrusco; aquellos que parecen de novela de Marcial Lafuente Estefanía (quien, para quien no lo sepa, pasó mucho tiempo en Arenas de San Pedro y donde su recuerdo no creo que tenga ningún espacio dedicado en especial); esas películas maniqueas que copiaron descaradamente a Sergio Leone y mantenían algo de la épica del John Ford de ‘El hombre que mató a Liberty Valance’, obras donde el protagonista era un héroe terminado, hecho a sí mismo en el día a día de una vida hecha de supervivencia y wisky, escupitajos y práctica en desenfundar, o sea, algo de John Wayne y de Clint Eastwood. El primero, feo, fuerte y formal, como canta Loquillo, y el segundo guapo, listo y canalla, son los arquetipos del western formal y del revisionista, del que nos muestra la versión anglosajona de la conquista del oeste y la versión latina. Y aquí quería uno llegar, aunque tarde en este artículo. El spaguetti western no gustó mucho al americano medio; a John Wayne, en absoluto. Era una visión desacralizadora, donde los chicanos podían ser malos o no, sucios o limpios; donde los sudistas podían aparecer como federales que parecían grises por el polvo del desierto e, incluso, gentuza alejada del mito del séptimo de caballería. Era un western sin mitología, donde las pasiones humanas movían el día a día. O sea, como seguramente debió de ser la conquista del Oeste en Norteamérica. Así que ahí estabamos, toda la chiquillería que vivíamos cerca del cine, aprendiendo, por un lado, que los «americanos» no siempre eran los buenos, aunque a veces sí; que los federales y los confederados tenian la razón según el domingo. Que los indios a menudo eran borrachos que vendían su alma al hombre blanco por una botella de «agua de fuego» o duros y gloriosos luchadores por sus tierras y sus ganados. O, lo que es lo mismo: que el cine, como la literatura, está para aprender y para pasar el rato y esas dos cosas son inseparables. Yo creo que de eso le ha quedado a uno un gusto por la buena literatura en la que el autor no le da a uno la chapa como si tuviera que ser un erudito desde que se levanta hasta que se acuesta. Y lo mismo le pasa con el cine, claro, que no deja de ser literatura. Desde entonces, desde que mi abuelo me llevaba cada domingo por la mañana, después de ir a misa y  por chuches, procuro ir al cine para ver la vida pasada por el filtro del entretenimiento, sin lecciones sociales ni políticas. Para ver la vida como es, ya tenemos la vida. Y, para ser cierto, de las pasiones y los conflictos humanos aprende uno más en la Trilogía del Dólar de Sergio Leone que en la mayor parte del cine de… En fin, dejémoslo aquí, no sea que los puristas desenfunden más rápido.