Desde el mirador

Emilio García


La realidad social y los eslóganes

12/11/2020

Algo pasa en España para que hayamos entrado en una etapa gris. Desaparecido el cariño, no podemos saludarnos, abrazarnos y nos alejamos lentamente de nuestra cotidiana afectividad. Pasamos del beso a la videoconferencia, a la que nos aferramos para transmitir calor humano y decir que estamos cerca, pendientes de lo que le pasa a nuestros hijos y nietos, hermanos, abuelos, familia y amigos. Intentamos la carcajada pero apenas llegamos a la mueca silenciosa. Nuestra vida ha cambiado en unos meses; no es igual a nada, no se parece a tiempos vividos y, lo inconcebible, es que lo que viene será peor.
El Gobierno está utilizando el dinero de todos los españoles para destruir todo lo que encuentra en su camino y le permita mantenerse en la poltrona. Se vende a vascos y catalanes, vende nuestra lengua, nuestra educación, nuestro patrimonio cultural y reparte los dineros que no tenemos para que apoyen unos Presupuestos Generales que van a empobrecer a todos los españoles, porque el sector privado no podrá mantener al público por más que se empeñen.
Los españoles vivimos en tristeza, desasosiego, soledad, depresión y muchos, demasiados, piensan en el suicidio y la muerte. Tenemos miedo, hambre y nos sentimos humillados cada día por el egoísmo, odio, venganza, intolerancia, desafección que marcan el calendario de nuestra existencia. Nos sumergimos en un estado anímico de desecho, turbio y falto de emociones. España y sus ciudadanos descubren el abandono al que les han sumido la fe y paciencia que les reclaman las autoridades mientras su resentimiento les sumen en incertidumbre a la vez que les privan de libertad y expresión, sometiéndoles a una censura implícita en el Estado de Alarma.
Pero en esta situación, el estado de ánimo de los españoles apenas les importa a los gobernantes, quienes solo piensan en imponer el bozal de medidas sectarias, interesadas y espurias.
Hace ocho meses se prometió «movilizar recursos, proteger la salud de los ciudadanos con máxima agilidad y contundencia, coordinando los recursos en el primer combate contra el virus». Se arengó sobre la tarea y misión que teníamos todos los ciudadanos, siempre bajo las indicaciones de los expertos (inexistentes). Se comprometieron a «hacer lo que haga falta, donde haga falta y cuando haga falta». Se vendió que la Victoria dependía de cada uno de nosotros y que íbamos «a parar el virus con unidad, responsabilidad y disciplina social» porque «Este virus lo pararemos Unidos».
Pero pronto evidenciamos que el sacrificio solo se exige a los españoles de a pie. El Gobierno no ha dado ejemplo de nada en estos ocho meses. Eso sí, nos ha anestesiado con mítines eternos a través de televisión que a nadie han interesado, porque la realidad era otra muy distinta a la que se narraba desde la tribuna monclovita.
El ciudadano no es tonto y pronto pudo comprobar que «el consejo de la Ciencia» no existía, como tampoco «las ideas y políticas claras». Por el camino se han quedado los trabajadores, autónomos, empresarios, las familias y hasta los colectivos más vulnerables, hoy representados en las «colas del hambre», porque su dinero se invierte en asesores, vehículos oficiales, arreglar jardines, subvencionar a cientos de asociaciones vinculadas a diversos colectivos de mujeres, de género y sindicatos que se amparan en la libertad, el combate, en la participación y la igualdad, en las minorías étnicas, migrantes y refugiados; un dinero que los contribuyentes no tienen para ellos.
Pero como el engaño es el estandarte que ondea en Moncloa, llegó el mes de mayo y se reactivó la máquina de producir eslóganes: «Salimos más fuertes» (con millones de euros en campañas publicitarias), «Un día más, un día menos», «Lo más difícil ha quedado atrás», «Hemos llegado hasta aquí gracias a la responsabilidad y al esfuerzo de todas y todos. Esa es nuestra fuerza»; y, mientras, por el camino se han quedado más de 50.000 muertos. Unidad de palabra, pero no de hechos.
Y con el verano se invitó a los españoles a disfrutar y divertirse, con el fin de ocultar que quienes debían quedarse en el despacho para organizar la segunda ola también se iban de vacaciones. Nadie preparó la normativa sanitaria que se había prometido, nadie planificó la vuelta al cole, nadie estableció los criterios económicos para hacer frente al descalabro que se aventuraba. 
Y a día de hoy, el presidente español sique apelando a la «moral de victoria, la disciplina social y el espíritu de resistencia» para vencer la segunda ola del virus. Eslóganes y más eslóganes y poca realidad a pie de calle. Pero se ha atrincherado en palacio echando balones fuera, para que la improvisación se convierta en la estrategia de España. El esfuerzo que se reclama a los súbditos debe ser el ejemplo que nos dé quien gestiona nuestra vidas. Y no lo es.
Los versos de Bernardo López García vienen al presente: «Oigo, patria, tu aflicción y escucho el triste concierto que forman, tocando a muerto, la campana y el cañón…».