La mirada escrita

M. Rafael Sánchez


Irrealidad paralela

09/11/2020

El título de esta pieza viene a cuento de que ya es muy común oír o leer en los medios de comunicación que los seguidores de Trump viven en una realidad paralela. Creo que tachar de real –aunque sea paralela– el mundo en el que viven estas personas es un hecho incorrecto, pues genera quebranto y deterioro de la palabra realidad, pues pueden estar viviendo en un estado mental bastante confuso que les lleve a la fabulación y falsedad, por lo que prefiero decir que dichos seguidores y votantes trumpianos viven en una irrealidad paralela a la realidad. Sé que todo el mundo se apunta a que el suyo propio es el auténtico mundo real, a que suyo es el sentido común, suyas las soluciones simples en un mundo complejo… Y puestos, también dirán que el mejor equipo de fútbol es el suyo, que suyas son las mejores ideas y quien mejor trabaja, etc. En muchas cosas podremos o no ponernos de acuerdo, pero los hechos son los que nos dan las respuestas. Hechos son amores y no bellas razones. Y para analizar los hechos hemos de usar la razón y un método de objetivización que vaya más allá de la ideología. Pero este es tema para otra reflexión.
¿Qué identifica a la generalidad de las personas que habitan en ese universo trumpiano? Muchas son las características que en su mayoría comparten. Son partidarios de teorías conspiranoicas, por ejemplo respecto al coronavirus o a la supuesta «conspiración socialista-comunista». Odian al inmigrante, al diferente, al de raza no blanca. Siguen las tendencias religiosas ultras, bien sean protestantes o católicas. Misóginos, antifeministas y contrarios a la igualdad entre sexos. Adictos a las fake news y que alimentan sus emociones a base de esa basura mental. Indiferentes o negacionistas ante la crisis medioambiental. Consideran a la cultura una ocupación a la que se dedican rojos, raros e invertidos. Tienen dificultades para empatizar con los demás. La solidaridad no les interesa, y menos la justicia social, a la que se oponen con fuerza… 
Todos estos síntomas –y otros más– han existido siempre en amplias capas poblacionales, pero había tiempos en que se solían ocultar, pues no estaba bien visto exhibirlos socialmente y, hasta podían sentir cierta vergüenza de que se supiera lo que en el fondo se pensaba –de ahí deriva el voto oculto que falsea tantas encuestas electorales. Eran tiempos en que palabras mayores como democracia, derechos humanos, políticos y sociales o cultura y educación en igualdad, eran sinónimo de avance correcto en la historia de la humanidad. Ahora, se exhibe con orgullo y prepotencia el desprecio a todos estos valores y se abraza, de forma más o menos consciente, el credo de la devoción irracional hacia un líder o ideología absolutos –con sus cargas de odio, exclusión, persecución, etc.–, y que está por encima de la razón y de los hechos. Y no hemos de olvidar que algo parecido nos llevó, en el siglo pasado, a que se conformaran los regímenes totalitarios que en Europa hemos sufrido y que tantos millones de personas aplaudieron y apoyaron.