Desde la muralla

Sara Escudero


¿Qué hacemos buscando vida en Marte?

26/03/2021

Querido Peter:
Ayer salí a volar. No avisé a Campanilla porque a ella nunca le gusta que volemos solos. Ya sabes esa faceta suya «muy de madre» de «llévate el móvil», «avisa al llegar» ¡Qué te voy a contar que no sepas! Todos los adultos alguna vez fueron niños, pero solo unos pocos lo recuerdan y Campanilla jamás ha perdido su esencia, pero no olvida su faceta protectora. Me sigue cuidando como si yo fuera su rosa, sin espinas dentro de esta cárcel elegida.
El día a día lo llevo bien. Leer poesía y el club de lectura de los jueves me salva la vida. Absorto en letras y libros, sigo viviendo nuevas vidas, nuevos retos, nuevos sueños. Paseo por las tardes, el parte de las 21 y otro día más consumido. Y cuando todos duermen, a veces me escapo dejando alguna pista de por dónde iré. No se lo cuentes a Campanilla que sigue pensando en las noches de luna llena, cuando nos lleves a volar a todos juntos. Cada mañana encuentro una nota debajo de la almohada, en las servilletas de la comida o a veces mensajes en la caja de las medicinas. Cómo una cosa tan chiquita puede tener tanta energía. Si Asterix y Obelix hubieran tenido sus genes, no hubieran necesitado ni pócima, ni marmita ni nada.
Sobrevolé la ciudad dormida y durmiente, las estrellas que no son propiedad de nadie, las que tenían terrícola albergado, las que aun siendo propiedad privada estaban con el cascarón vacío. Visité el corazón dormido de la montaña, la nieve en el pico, la hierba en el valle. Y cuando mi vuelo era más placentero, me di cuenta de la cantidad de personas que no duermen, que mal duermen, mal viven y mal sueñan. La noche estaba cerrada, bien cerrada, pero me acerqué a aquellas llamas que, pasado el Everest, llamaban mi atención. 
Era un fuego, tal vez provocado, tal vez casual, tal vez involuntario…. Era un incendio, que quemaba por dentro y dolía por fuera, de cientos de casitas de plástico en Bangladesh, era un nuevo golpe a una población que ya de por sí sufre, llora y resiste. Aquellas barracas improvisadas que ya son más permanentes que provisionales, más perennes que caducas, más de nada y menos de todo, han vuelto a arder. Cuando una persona enciende una cerilla alrededor de un charco de gasolina, lo normal es que prenda. Cuando una persona vive entre plásticos…. Si arde uno, ardemos todos. No es una solidaridad querida ni tan siquiera buscada, pero la huida en un callejón sin salida suele ser compleja salvo en una película de acción, donde el malo siempre encuentra un rincón para saltar in extremis al otro lado. Pero parece que aquí esto no ocurrió. ¿Quién puede echar a alguien que no tiene dónde ir? ¿Quién es dueño de la vida de otra persona para decidir hasta donde y hasta cuándo?  Si te soy sincero, iba con intención de llegar a Marte para ver la máquina que está pisando terreno desconocido en busca de nuevos lugares o de vida en otro planeta. Me pregunto para qué buscar vida en otros lugares si no somos capaces de proteger a la humanidad en este mundo llamado Tierra.
Seguí volando, con lágrimas en los ojos, con pocas ganas de seguir agitando las alas, lloraba de rabia, chillaba impotente y decidí regresar. Pasé por Siria, hacía tiempo que no volaba por allí. Casi desde que empezó la guerra, por miedo a los misiles. Diez años han dado para mucho o quizá puedo decirte que ha quedado muy poco. Pude leer algún sueño, más que sueños eran duerme-velas. Eso de tener un ojo cuidando y otro descansando. Soñar de manera intermitente durante una década con sus eternos años de dura agonía y tiempo perdido. 
Y desperté y suspiré. Abrí los ojos pensando que todo había sido un sueño, con tal mala suerte, que al despertar me di cuenta que la rosa recogida del jardín antes de entrar por la ventana, estaba aun con las gotas de la aurora en la mesilla de noche, junto con las gafas, el reloj de bolsillo y unas monedillas que siempre llevo para un café por si me entra sueño. Había sido real. Tengo que programar mejor mis paseos nocturnos para no levantarme con mal sabor de boca. He aquí mi secreto, que no puede ser más simple: sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible a los ojos, solo podemos ver la realidad sobrevolando los mares, tocando terreno, siendo personas que no pierden el norte, ni la perspectiva, ni la felicidad, ni las ganas de amar. Siendo personas sin miedo a volar.
Siempre tuyo
Principito