Aunque es de noche

Francisco Javier Sancho Fermín


¿Qué ha sido del perdón?

26/03/2021

Hay una palabra que parece haberse esfumado del vocabulario cotidiano: perdón. Una palabra tan cargada de sentido y tan necesaria para la vida. Y, sin embargo, hay como una suerte de vergüenza o de amor propio que parece retener su pronunciación. Casi como si se tratase de una palabra tabú, que no debería ni mencionarse, porque no es políticamente correcto.
Ayer publicaban los medios que la Sra. Merkel había pedido públicamente perdón por haberse equivocado en una medida. Tuve que releer dos veces el titular porque me parecía casi increíble que fuera cierto. Que un dirigente político o cualquier persona sea capaz de pedir perdón, me parece una de las actitudes más bellas y honradas, que dice mucho de su humanidad y sabiduría.
Lo reconozcamos o no, lo cierto es que el error forma parte de nuestra condición limitada. Y que alguien se equivoque o meta la pata tendría que ser asumido como algo propio y natural. Pero, de repente, parece que no cometemos errores y que el problema siempre es el otro. Eso de la humildad como virtud de vida parece haber perdido su verdadero protagonismo. Y quién más grita, quién más acusa, quién más busca desprestigiar al otro se convierte en líder. Un líder, tan dogmáticamente perfecto, que asume el rol de un dios incapaz de cometer errores, y, por eso mismo, subido en el estrado que dicta sentencia condenatoria frente al opositor. Pedir perdón o perdonar son actitudes que no encajan en su forma de posicionarse en la vida. Individuos que, ante «el que esté libre de pecado que tire la primera piedra», no reprimirían su deseo de lapidar al otro. 
Posiblemente muchas de las situaciones críticas de la vida social y política se resolverían si nos acostumbrásemos a ser más auténticos y verídicos, incluyendo más frecuentemente en nuestro vocabulario la palabra perdón. ¡Cuántas riñas, malos entendidos, separaciones, etc… se podrían evitar pidiendo perdón a tiempo! 
Quizás hubo un tiempo en que se moralizó y culpabilizó excesivamente la conciencia con el tema del pecado y la necesidad del perdón. Pero, no cabe duda, de que sólo el perdón sincero es capaz de sanar heridas y de reconstruir amistades, familias y sociedades. Quizás, ahora que estamos a las puertas de la Semana Santa, podríamos dejarnos interrogar por ese gesto inigualable y lleno de amor de Jesús clavado en la cruz: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen». El gesto de perdonar, incluso, a aquellos que lo insultan y clavan en la cruz muchos lo calificarían negativamente. Pero, sin duda, es posiblemente el gesto más heroico del que una persona es capaz. Porque perdonar no es de débiles, sino de personalidades verdaderamente maduras y psicológicamente sanas.
Hasta la ciencia hoy descubre y pondera la importancia del perdón en la salud y felicidad de la persona. Quien arrastra heridas, quien sigue culpando a los otros de sus males, quien no es capaz de perdonar o de pedir perdón, seguirá dejándose lastrar y no se verá libre de esa carga. Es evidente que una de las actitudes fundamentales de la persona que quiere ser feliz y sanar las heridas es la del perdón. 
Perdonar y pedir perdón: dos actitudes saludables para nuestro psiquismo; dos actitudes realistas y con un poder de curación que no puede suplantar ningún medicamento.