Con el rabillo del ojo

Elena Rodríguez


Radical

08/10/2020

Voy a ser radical. Yo, firme defensora del término medio, donde está la virtud. Pero en esto soy radical. Ya dije en su día en estas líneas que el tiempo del optimismo se había agotado. Nunca creí en esa sociedad idílica que, según auguraban algunos, nacería del desastre de marzo. No soy yo de utopías. Pero al menos pensaba que después de soportar 1.000 muertos al día algo se nos removería por dentro y sobre todo que tendríamos memoria. Llevo tiempo comprobando que si algo se removió, se volvió a apoltronar en cuanto nos abrieron de nuevo la puerta de casa. Y los muertos siguen ahí, y son de ayer, no de hace 50 años. No se me olvida el día en el que el Registro Civil dio la primera cifra real de fallecidos en Ávila por COVID19 o causas compatibles. Me temblaron las manos redactando la noticia y la voz al locutarla. De camino a casa la avenida Jorge de Santayana se me llenó de ataúdes. Uno detrás de otro. 349. Ahora abro cada día con miedo la tabla de fallecidos. Uno. Dos. Tres. Tres días, tres muertos. Me cuesta creer que a algunos no les pesen.
Paso a relatarles casos reales de un lugar concreto que podría ser cualquier punto del país. Se acaba el estado de alarma y nos juntamos 25 para hacer una comilona. Alto riesgo el compartir mesa, a mi modesto entender. Suspenden las fiestas y nos bajamos al pub a brindar. Distancia, ¿qué es eso? Masca, ¿qué? Si somos inmortales. Esto no va con nosotros. Quién nos va a impedir juntarnos en la casa de la peña a comer. Cerramos la puerta para que no nos multen. Jóvenes… No, no tan jóvenes. Que a los de 40, 50, 60 o 70 ya se les presuponen dos dedos frente; no les vale la excusa del frenesí de la adolescencia. Bueno, ya no somos jóvenes, pero estamos todos bien, ¿no? Olvídate, malo será. Echa aquí cerveza. Qué va a pasar.
Pues pasó. Primer positivo. Alarma. Tarde. Se disparan los contagios. Zona naranja. Se nos invita al autoconfinamiento. Primeros traslados al hospital. A la UCI. Y al cementerio. Es que la Guardia Civil y el alcalde no han tenido mano dura ¿De verdad te tienen que multar para que no pongas en peligro a los tuyos? Hablamos de los tuyos, no de la sociedad como un ente etéreo. Este es nuestro mal endémico. Nuestra responsabilidad es directamente proporcional a la probabilidad de que nos castiguen. Cuántos echaban pestes de la gestión de la crisis por parte del Gobierno cuando ni siquiera intuíamos la que se nos venía encima. Que si tenían que haber prohibido esto o lo otro. ¿Prohibir? Si no llevábamos ni una semana encerrados y algunos sacaban al perro a dos kilómetros su casa. Yo también pienso que la gestión llegó tarde y mal, que pudo haberse evitado la explosión del caos, o al menos, dosificarse. Pero aquello es un capítulo cerrado porque después de más de tres meses limitándonos la libertad los contagios se controlaron. Ahí entramos en escena. Y qué hicimos. Lo de siempre, no sé ni cómo nos sorprendemos a estas alturas. Nos dieron la mano y cogimos el brazo, que dicen en mi pueblo. Después de esta crisis seremos mejores. Ja. Todo sigue igual. No ha habido catarsis. 
Por supuesto que puedes tener mala suerte. Por supuesto que puedes tener un descuido y contagiarte. Por supuesto que todos hemos cometido errores o imprudencias. Por supuesto que es imposible que estemos las 24 horas del día con esa alerta extrema ante el contagio. Pero evitemos lo evitable por favor. El cumpleaños del primo. El bautizo del nieto. La cena con amigos. Si nos lo sabemos de carrerilla. Recuperaremos eso, nuestra vida de antes (aquí sí soy optimista), pero ahora tenemos que evitarlo. Hay que vivir. Lo sé. Yo también lo creo. Claro que hay que vivir. No podemos encerrarnos como nos obligaron a hacerlo en marzo. Pero mi derecho a vivir no es patrimonio exclusivo mío. Ellos también tienen derecho a vivir. Los que sabemos que son vulnerables y los que lo son, pero no lo saben y el virus los encuentra. Dejemos de ponérselo fácil. Vivir, sí, pero no como antes. Todavía no. Porque entonces mientras tú vives como tú quieres otros mueren. Radical, ¿verdad?