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José Guillermo Buenadicha Sánchez

De la rabia y de la idea

José Guillermo Buenadicha Sánchez


Nombres

02/12/2022

Nunca se acabará el dilema. No sabemos si fueron Wilbur y Orville, según muestra la sepia fotografía, desde la soledad de la playa de Kitty Hawk o, tres años más tarde, el brasileño Alberto ante las multitudes del campo de Bagatelle, en el Bois de Boulogne. Catapultado en el caso americano, sin otras ayudas en el caso parisino, en el fondo da igual cuál de los dos marcó el momento en el que un aparato tripulado y más pesado que el aire se levantó en vuelo por primera vez. Lo importante es que lo hizo.
Charles, americano también, tenía solo un año el día del famoso vuelo de los hermanos, la misma edad que tendría su hijo al ser secuestrado. Veintitrés años más tarde sería el primero en cruzar en solitario el océano Atlántico, a bordo del «Spirit of Saint Louis», convirtiéndose en la persona más célebre del mundo. Pero no solo él se hizo famoso ese año, porque también Robert —que tras su muerte dio nombre a uno de los más importantes centros de la NASA— lanzó por vez primera un cohete propulsado por combustible líquido. Algún tiempo después se uniría a Charles para impulsar la aviación a reacción.
Mientras Charles aterrizaba en Les Bourget y Robert se inmortalizaba junto al cohete en Auburn, Massachussets, John apenas tenía cinco años en su Ohio natal. Cabe imaginarse el impacto que estas hazañas tuvieron en su infantil mente, no es extraño que volar se convirtiese en su pasión; lo hizo ya como pasajero al cumplir los ocho años. Tras pilotar aeronaves en dos guerras, se convirtió en piloto de pruebas, de aquellos famosos Elegidos para la gloria. Con apenas cuarenta y un años sería el primer americano en orbitar nuestro planeta, diez meses después de que lo hiciera el ruso Yuri.
Solo un año después de las famosas tres órbitas a la Tierra de John nacía Pedro, en Madrid. Hijo de un controlador aéreo, parece lógico que estudiara y se dedicara a la aeronáutica. Curiosidades de la vida, no creo que esperase, al ser elegido por la ESA para su cuerpo de astronautas al tiempo que se celebraban la Expo y las Olimpiadas, que iba a volar seis años más tarde junto a John —senador septuagenario ya— en el Discovery, uno de los fenecidos transbordadores espaciales. Volvería cinco años más tarde a la Estación Espacial Internacional.
En León, en nuestra comunidad autónoma, al despegar Pedro en su primer vuelo, Sara tenía nueve años y Pablo diez. No sé si ya entonces entraba en sus sueños conseguir lo que apenas hace ocho días lograron, cuando Pedro les traspasó en París el testigo de ser los representantes españoles entre los astronautas europeos.
Y cuando Pablo —y ojalá también Sara, elegida como reserva— pise por fin la Luna, en algún lugar del mundo nacerá una niña. No importa su nombre, aunque será recordado por todos. Porque esa niña, al hacerse adulta, se convertirá en la primera mujer en dar a luz a un bebé en la futura base espacial permanente en Marte. Una criatura que llevará el nombre de Wilbur, de Orville, de Alberto, de Charles, de Robert, de John, de Yuri, de Pedro, Pablo, Sara: el nombre de todos los humanos, presos hasta entonces de este planeta pero capaces, con osadía e inteligencia, de fugarnos de él en apenas siglo y medio de apasionante aventura.