EL TIEMPO Y LOS DADOS

Manuel Juliá

Periodista y escritor


Otoño de sombras

12/10/2020

De sombras muy oscuras que dinamitan la poesía. Sombras densas en brazos de una ilógica cotidiana, sentir que lo que no debiera ser se expande como una bruma de amanecer callado. Me gusta mucho el otoño, pero este otoño, esa melancolía de lo que se aleja que se convertía en versos tintineantes, no alimenta mi corazón. No puedo maridar la tristeza y la belleza, algo que siempre he sentido apoyado por los versos del poeta Keats, mi amado buscador de la belleza. 
El otoño tiene una angustia que se cuela por la ventana, un aire lleno de voces extrañas que se apoderan de todo. Son voces que ni siquiera se inclinan ante la muerte. 
Ha tenido que recordar un alto cargo de la Organización Mundial de la Salud (OMS) que lo que vibra en el fuego del día y el oscuro vaho de la noche es la muerte. Ellos hablan, discuten, se pelean, echan cuentas de votos e impactos, revisan audiencias mientras la muerte liberada hace su trabajo, mientras el dolor de los que pierden todo o casi todo sigue su pinzamiento. No podemos cansarnos de decir esta tropelía una y otra vez. 
 No sé de quién es la culpa (nosotros no nos libramos de la parte que nos toca en cuanto a escasas exigencias a nuestros representantes), seguro que todos tienen alguna, pero el terco semblante de esa señora de Madrid ensimismada en sus maravillas, cincelada por ese Deucalión de políticos, que es el tal Miguel Ángel Rodríguez, chirría hasta exasperar. Todos hacen política claro, no han sabido quitarse el Polichinela electoraloide, pero es que a ella se le notan a la legua todos los tics del político guiñol. Es un manual de politiquería por encima de todo. Pero insisto en que no sé si le libra alguno. Reina Paulov. Hay votos en el horizonte y segregan saliva, afilan colmillos, disponen los hilos del cinismo endogámico.
 En este otoño no puedo disfrutar de esa bella melancolía que se convierte en literatura. Rubén Darío lo llamaba autunnal y le salían versos por las orejas. Yo siempre he escrito mucho en otoño. Mi primer libro se llama De umbría y el prólogo Otoño. Esa nostalgia de hojas muertas (Proust), ese lienzo ámbar del paisaje, esa conciencia de presagios en la soledad son el otoño que me impulsa a la palabra. 
Cerca de mí vive un castaño y esta mañana, con un soplo de viento, la castaña ha caído al suelo reluciente, parecía un cometa. El aroma de las glicinas penetra como un reclamo misterioso. Soy un tipo otoñal. Siento que en lo que se acaba siempre nace algo nuevo. Amo el otoño porque en esa muerte anunciada hay una bella paz.