En tierra de nadie

David Casillas


Mi necrológica, ¿quién la escribirá?

31/12/2020

Acumula uno un puñado de años tan generoso –y aquí la bonita palabra generosidad no está seguro uno de que sea algo absolutamente positivo, aunque seguro que algo tiene de ello– que, entre otras muchas cosas, le he hado tiempo para ver cómo mucha de la gente que ha ido conociendo a lo largo de la vida, en persona o a través de campos como la literatura, la música o el cine, ha pasado ya a la otra orilla de la laguna Estigia.
Mis abuelos y otros familiares, los muchos buenos vecinos que tuve en mi pueblo en mi feliz infancia y que hacían una curiosa y muy valiosa labor podríamos decir que como de padres de apoyo en aquella sociedad tan cercana, Gabriel García Márquez, Miguel Delibes, John Lennon, Pedro Iturralde, Luis Eduardo Aute, García Berlanga, tanta gente que uno ‘conoció’ por primera vez cuando eran jóvenes o casi y aún tenían alguna pátina de la inmortalidad que todos sabemos que disfrutamos en la juventud –la verdadera capa de vida sin fin era la que teníamos quienes éramos pequeños o jóvenes entonces–, y que ahora ya forman parte definitiva del lado oscuro.
Me pongo en esa tesitura porque en mi papel de periodista me ha tocado recientemente escribir las necrológicas de dos amigos a quienes apreciaba, el padre Marcos Ruiz y el pintor Arturo Martínez (antes me tocó hacerlo de otros que también aprecié y admiré, como Emilio Rodríguez Almeida, por ejemplo), y esta cabeza mía, que anda sin que nadie le mande por derroteros hondos y a veces oscuros, dio en preguntarse un día, más como elucubración que como demanda que necesite respuesta ninguna, que quién escribirá mi necrológica el día que me toque pagar a Caronte por mi último viaje.
No sé a qué me vino esa pregunta a la testa, porque ni quiero necrológica ni creo que haya ganado méritos para merecerla –más allá de haber querido a los míos y no haber hecho nunca daño a nadie a propósito en lo personal, y de haber escrito alguna buena crónica, algún artículo destacado, algún reportaje para recordar... y haber ayudado a mucha gente, en lo profesional–; será el peso del paso de los años, la sensación de que mucho de lo conocido se ha ido o se está yendo, y claro, uno no es excepción y también le tocará antes o después emprender camino sin posibilidad de volver la vista atrás.
Dicen en mi pueblo, advirtiendo con un cierto afán de enseñar sobre lo oportuno que es hacer las cosas en vida y no lamentarse cuando llega la parca de no haberlo hecho porque para entonces ya no se puede poner remedio, que «después del burro muerto, la cebada al rabo». Pues eso, que después de muerto, qué más da nada. Se acabó. Adiós para siempre. De nada sirve lamentarse. Para qué la necrológica si ni siquiera alimenta el último aliento de ego porque se fue con la vida.
Ayer fue mi cumpleaños. Mañana (en sentido figurado) no sé quién escribirá mi necrológica. Espero que nadie. Mejor será el olvido.