El Valtravieso

Álvaro Mateos


Salvar la Navidad

21/12/2020

Si hay un tópico repetido durante estos días es el de “salvar la Navidad”, una expresión que, la diga quien la diga, puede tener una interpretación evidentemente errónea. Es cierto que ni en nuestros peores sueños de fuerte pandemia, en la primera ola y en medio del confinamiento, podríamos pensar que esta situación se podría alargar hasta Navidad, pero así ha sido. Recuerdo haber recibido algún meme con mascarillas navideñas en un momento en el que sonaba a chiste macabro.  
Nunca se habló entonces de una Semana Santa, Pascua, Corpus Christi, y un largo etcétera de celebraciones ligadas a la tradición cristiana, las que marcan nuestro calendario, que no hayan existido; sino que por causas de fuerza mayor, se han vivido de una manera diferente. Otra cosa bien distinta, y así será manquenospese, será una forma distinta de vivir la Navidad, no queda otra. 
Entiendo todos los argumentos relativos a “salvar” las campañas de Navidad, puesto que la economía española se hunde y todo lo que nos presta la Unión Europea hay que devolverlo, pese a que alguno esté pensando en los famosos planes E para salir del paso, hacerse la foto y contentar a corto plazo a quien necesite, pero esto que nos viene encima es una crisis estructural, inmediata y a largo plazo que hay que saber afrontar, con medidas serias y ayudas.  
Pero volviendo al término de la Navidad y lo que supone, tal vez nos encontremos ante una celebración más auténtica, si cabe, en la que nos podamos quedar con el mensaje más sencillo, sin poner en riesgo a nuestros mayores, juntándonos las familias –los que vivimos en el día a día- prescindiendo de lo que siempre distrae, los grandes banquetes y la ostentación. 
Si incluso en las guerras más sangrientas se consiguió algún gesto que permitiese vivir la Navidad, como sucedió en la Primera Guerra Mundial, en la Nochebuena de 1914 entre alemanes e ingleses, ¿por qué en medio de una pandemia en pleno siglo XXI no vamos a celebrar el nacimiento de Jesús? 
Una de las imágenes más simbólicas de estos meses ha sido la del papa Francisco en la Plaza de San Pedro completamente vacía, rezando ante la imagen del Cristo de la Gran Peste de 1522, afirmando que esta pandemia nos ponía a todos en medio de un «tiempo de prueba y elección». 
Ese mismo mensaje se puede trasladar ante la gruta de Belén, en medio de un contexto de Vida y esperanza, de un deseo de contagio del verdadero amor, de llamarnos a la solidaridad con quienes, al margen de la pandemia, siguen necesitando nuestra ayuda. 
Por todo ello, y pese a que las cosas se podrían haber ordenado mucho mejor y nos encontremos ante diecisiete planes distintos de celebración de la Navidad, no queda otra que rendirnos ante el Misterio que marca el año 0 de nuestra era, el del encuentro de Dios con el hombre, el de cuestionarnos los porqués de la existencia ante la paz de un Niño nacido en la pobreza y en medio de la nada. En ese espíritu me despido del lector hasta un 2021 que vendrá con mil deseos de ilusión, salud y futuro, de vacuna y salvación de una pandemia que ya se ha prolongado demasiado, haciendo de este 2020 un mal sueño del que despertar. No me quiero olvidar de los fallecidos –contados y no- en esta terrible situación, de la soledad de los que han muerto en las UCI, lejos de sus familias, de quienes continúan sufriendo las secuelas de la enfermedad, de quienes van a extrañar una silla vacía en sus encuentros reducidos de estos días. ¡Feliz Navidad!