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José Ramón García Hernández


Cosas imperfectas

05/07/2020

Les voy a contar un secreto imperfecto. Me gusta mucho rodearme de cosas que no son perfectas. Me parecen que esas obras incompletas ofrecen sin embargo historias más completas y mucho más dignas de ser contadas. 
La sugerencia de esta semana me la sirvió mi amiga Belén Ripoll tras una cena de antes del Coronavirus. En esa cena establecimos el reto, para no revelar el secreto, de que podíamos regalar a cada uno un regalo especial, con una ocasión que también fuera especial para el que lo recibía. La única condición que pusimos fue establecer un tope para que la especialidad del regalo no consistiera en el dinero que nos gastamos, como hijos de esa sociedad afluente que todo lo puede con unos cuantos ceros de más.
Belén tenía que hacerme el regalo a mi. Yo reconozco que con estos amigos tan serios que tengo que me paso de travieso. Ellos regalan con mucho gusto corbatas. Yo he regalado desde unas zapatillas para el invierno que se calientan en el micro-ondas y entonces empiezan a desprender un olor a lavanda, a unos prismáticos de visión nocturna para el mayor miope que tenemos entre los amigos. Nado entre el pánico y la carcajada estentórea cada vez que yo soy el elegido para regalar.  Pero Belén que sabe de mi particular devoción, lo que no sabe es lo que me gusta pasear de la mano con las cosas imperfectas de la vida. Y este año encontró, dentro del tope, una Virgen de Fátima para el jardín. ¿Y dónde está lo extraordinario o lo imperfecto de esta historia? En que esa Virgen de piedra para permanecer dentro de los límites monetarios tiene un defecto, que ella me vino a contar a casa con algo de aprehensión. ¡Esa Virgen es chata! Sí como lo oyen. A esa Virgen imperfecta, se convirtió por la delicadeza de mi amiga Belén en un regalo perfecto al que la iluminación de una vela la convierte en palabras de mi hijo Javier en una belleza.
Nacer en julio, como es mi caso, podría suponer otra imperfección más. El verano ya estaba empezado cuando era más joven y no había esas fiestas de cumpleaños de ganchitos, patatas fritas, coca-colas y medias noches que son con las que crecimos muchos de los abulenses de bien que leen estos artículos, y que me consta, porque muchos son amigos, que también les van las cosas imperfectas, sin querer meterme con nadie o sí, pero con un poco de simpatía. Las fiestas de mayores, y ya no digo cuando derivan en otra cosa, ya no son fiestas de cumpleaños. Algunas nadan entre la exaltación completa al «yo» o en algunos casos al «superyo» freudiano, y otras se quedan en el «pocoyo» que hace la misma de todos, con vídeos con aspiraciones perfectas y listas de invitados posibles pero donde no se escuchan esa canción cantada con ganas. Las piñatas en algunas de esta fiesta están llenas de sorpresas estables, muy perfectas, pero son los recién llegados al éxito los que siempre esperan regalos sorpresas, porque en el fondo se creen que lo merecen todo, sin guiñar un ojo a los que están compartiendo el camino.
Y de nuevo aparece el gusto por lo imperfecto. Un pastel casero, una ensaladilla Olivier, que sea rusa, unas velas que no se encienden del todo y alguien no que no salga de la tarta, es que no cabe en ella. El gusto por las cosas imperfectas siempre lleva al más curioso a preguntarse el por qué de todo. A disfrutar con cada pequeña historia que viene detrás o incluso a dejarse sorprender con la respuesta esperada. Cuando adquieres gusto por las cosas imperfectas dejas de agobiar a los que te rodean disfrazados de perfeccionismo que en el fondo es un mecanismo de defensa con la etiqueta de eficiente e impaciente. Acabas pensando que un buen trato o una buena medida es en la que ganan todos, porque en el fondo también saben perder los que negocian. La madurez necesaria para avanzar entre todos, para que cualquier abuelo pueda mirar a una nieta con ternura sabiendo que la civilización está a salvo cada vez que le dice «ven chata pequeña», porque así aprenderá a mirarse al espejo y no deslumbrarse como luciérnaga con su simple destello.