Desde el mirador

Emilio García


La cultura del trabajo

25/06/2020

Recuerdo que siempre escuchábamos decir en el ámbito familiar que teníamos que «abrarnos un futuro». Entendía, como toda mi generación, que había que seguir el camino trazado por la familia de buscarnos la vida, conseguir un trabajo con el que pudiéramos abrirnos camino personal, familiar y social.
Era algo implícito al fomento de la cultura del ahorro, que ya traté en mi anterior texto. Tener de referente al padre y la madre, ver cómo se afanan en sacar adelante la familia, cómo buscan con denuedo el o los trabajos necesarios para sostener vitalmente su hogar, se convirtió en la imagen sobre la que nos planteamos qué hacer y hacia dónde ir.
La educación y la cultura adquirida -cada uno a su nivel, pero siempre con agradecimiento- nos impulsó a apostar por el esfuerzo, sacrificio, constancia, a no desfallecer frente a los inconvenientes que se cruzaban en nuestro camino. Sabíamos, que si queríamos llegar a algo teníamos que poner mucho de nuestra parte, todo lo que pudiéramos y más, porque nuestros padres hicieron lo mismo.
Soy consciente de que, desde mediados del siglo pasado, la sociedad española ha cambiado mucho. Cada generación tuvo que hacer frente a un tipo de trabajo que hoy, viendo lo que hay, nos puede llamar la atención. La oferta laboral resultó muy amplia en cada etapa, aunque estuviera centrada en un determinado ámbito económico. Con los años, se cerraron unas puertas y se abrieron otras, lo que ha permitido ubicar espíritus inquietos o conformistas, según los casos. Fueron numerosos los españoles que apostaron por su negocio, local y de barrio; otros, decidieron levantar una pequeña empresa a partir de los conocimientos que tenían, especializándose en una maraña de ofertas que surgieron por doquier. Unos pocos, consiguieron que su pequeño sueño se convirtiera, pasadas unas décadas, en grandes empresas de referencia nacional y mundial.
Lo que sí queda muy claro es que todos nos buscamos la vida, sorteamos todos los problemas e inconvenientes y creímos, desde el primer momento, que debíamos apostar por el trabajo propio y ajeno. Todos arriesgamos, más o menos, por conseguir nuestros objetivos. La sociedad, evidentemente, favoreció la implantación y el desarrollo de las más diversas actividades, oficios y, sobre todo, ayudó a que los ciudadanos nos sintiéramos parte de esa estructura creada por numerosas personas.
Es así como el español se sintió, nos sentimos, necesarios y útiles, fortalecidos en nuestra dignidad. La búsqueda tuvo sus efectos y cada uno por su camino pudo encontrar un horizonte de esperanza y orgullo.
Las cosas han cambiado y mucho. La España democrática ha descubierto que lo prioritario para los ciudadanos se ha ido quedando por el camino. La aventura de un supuesto estado del bienestar ha oscurecido otros ámbitos a los que ningún mandatario ha intentado dar luz. Y entre ellos se encuentran la educación y el mercado laboral, y los valores que encierran cada uno de ellos para una persona.
La educación se ha ido destruyendo lentamente sobre unos modelos interesados, ajenos a la realidad de los conocimientos que deben adquirir los más jóvenes, desprestigiando la inteligencia, el esfuerzo y la constancia. Y el trabajo se ha destruido, igualmente, porque más allá de impulsar al ciudadano, ofrecerle alternativas viables para que pueda crecer dignamente, se han bloqueado muchas de las expectativas personales con alternativas que para nada tienen que ver con la honestidad y la autoestima.
La política vino para destruir los pilares sociales más importantes y para impulsar iniciativas sin sentido que han acabado con el futuro de varias generaciones. Y las soluciones que han encontrado, siempre tenían un único objetivo: engañar a aquellos ciudadanos a los que le prometieron soluciones que, finalmente, les degradaron como personas. No oculto que ellos se dejaron engañar y aprendieron que vivir del Estado salía mejor a cuenta que afrontar riesgos personales que, posiblemente, les hubiesen llevado por otro camino. Y entre lo que dijeron e hicieron los políticos, crearon un grupo social dependiente, sin alicientes, que decidieron había que aumentar porque sus intereses políticos estaban y están por encima de los intereses sociales de los individuos.
La dependencia del Estado coarta y anula la voluntad y las aspiraciones de cualquier persona. El político maneja hábilmente las voluntades individuales sin mostrar la gravedad de sus decisiones para el ciudadano; de la promesa a la realidad hay un gran trecho. Y esto se comprueba con la reducción de peonadas, el cobro de prestaciones que ya existían en todas las comunidades y el Ingreso Mínimo Vital, modelos que fracturan una sociedad. Más que las ayudas al desempleo hay que fomentar los puestos de trabajo, únicas alternativas reales para cualquier ciudadano; la subvención oculta el fracaso del político que la concede, pues no es capaz de generar trabajo.
El valor de una sociedad se encuentra en el desarrollo y la dignidad de las personas que la componen; y la cultura del trabajo se presenta como la mejor herramienta para la convivencia.