CARTA DEL DIRECTOR

Pablo Serrano


La vuelta a las aulas y la aparente normalidad

13/09/2020

Ha regresado la educación presencial a los colegios, y lo ha hecho con tanta improvisación como la que existió cuando se cancelaron las clases allá en el mes de marzo. Con una diferencia. Hace seis meses era necesario tomar medidas fulminantes y drásticas, por muy desconcertantes que resultaran, y la planificación de la vuelta al cole se podía haber diseñado con mayor previsión. Visto lo visto en el retorno a las aulas de los alumnos de Infantil y Primaria –independientemente del centro al que nos refiramos–, da que pensar qué hubiera pasado en junio si se hubieran aplicado los actuales protocoles para un final de curso más normalizado tras un período sobradamente convulso. ¿No hubieran sido suficientes? ¿No hubieran dado la misma seguridad las medidas ahora aplicadas? ¿Qué ha cambiado desde junio hasta ahora? 
La ciencia siempre apela a la certeza, y si de algo tenemos evidencia es de que confinarnos funciona como medida anticovid. De hecho, ahí está la plana evolución de la pandemia en mayo, aunque obviamente no es la solución. Apenas sirve como recurso para afrontar un único problema, no pequeño, y que nos mantiene a todos sobresaltados por la gravedad y el desconcierto que sigue generando. Encerrarnos en casa desencadenó un sinfín de complicaciones y conflictos en otros muchos ámbitos, agravando la situación personal y económica de decenas de miles de familias. Lo más fácil no siempre es lo más conveniente. Por eso, las ciudades volvieron a abrir, con restricciones y un raudal de contradicciones. Pero no volvieron los colegios, que lo hacen ahora, aunque a diferente ritmo, según la comunidad autónoma en la que nos encontremos.
Los contrasentidos, más allá de demostrar ausencia de previsión, dan la sensación de que ha faltado trasparencia. Es cierto que ha existido mucha exposición mediática de responsables de las diferentes administraciones, pero después de tantos meses queda una impresión de que simplemente se han querido ir retrasando los problemas, confiando en que se podía montar una infraestructura preventiva de la enfermedad, mientras el personal sociosanitario en primera línea hacía frente, desbordados, agotados y carentes de medios (por no entrar a profundizar en el tema), a la devastadora primera ola de contagios.
En aquellas horribles semanas de marzo (la memoria es muy frágil) nos preguntábamos donde estaban las mascarillas que prometían y llegaban a cuentagotas, las soluciones hidroalcohólicas se convirtieron en oro líquido, y los trajes de protección eran un recurso imposible. Luego nos chotearon con el tema de los test, los aviones fletados desde China, y los millones y millones de euros que costaba todo mientras seguíamos estancados sin rumbo. Mientras, el Ejército, dando su cara más amable, y de forma ordenada como desde el ámbito marcial se sabe hacer, aliviaba las carencias y cubría las necesidades sociosanitarias convirtiéndose en la nueva Cruz Roja, permítanme la analogía. Que faltan agentes para vigilar el cumplimiento del estado de Alarma, soldados patrullan con policías. Que faltan hidroalcoholes, los laboratorios del Ejército empiezan a producir. Que no hay recursos para entrar en las residencias y desinfectar los lugares con más contagiados, la UME se enfunda EPIs y a higienizar. 
Seis meses más tarde, la situación pudiera aparentar (o quizás simplemente nos lo queremos creer) que todo está organizado, pero los indicadores dan que pensar que todo está cogido con alfileres. Nos han convencido de que las medidas de distanciamiento, la higiene de manos, la ventilación de lugares cerrados, y el uso de mascarillas son suficientes para llevar la vida más protegida. Y todo, porque se han armado (o se han querido armar) dos pilares preventivos: el uso masivo pruebas y la operatividad de los rastreadores. De momento, al Ejército también se le ha tenido que formar para ampliar las plantillas de rastreadores. La opinión pública consentiría sin inconveniente que la estructura preventiva se sobredimensionara ahora mismo, porque parece ser un mecanismo verdaderamente útil, a la espera de tener una situación más estable, con una vacuna funcional en el mercado. Una vez más parece que nuestro país se suma al vagón  de cola. 
En los colegios se viven situaciones desconcertantes, con protocolos muy bien sustentados sobre el papel, aunque a la hora de la verdad haga aguas, y lo que ya no nos gustaría tanto sería ver al Ejército poniendo orden en las filas de escolares.