Cosmorama

Juan Carlos Huerta


Sin ir más lejos

26/11/2020

Como buena columna de opinión que se precie voy a intentar meterme con el Gobierno, cuya principal arma radica en haber heredado el poder oculto de José Luis Rodríguez Zapatero, el cual consiste en ser culpable de todo lo malo que ha ocurrido, ocurre y ocurrirá en España desde la coronación de Pepe Botella, con excepción de la muerte de Manolete, siempre y cuando, eso sí, no prospere el recurso de revisión presentado por PP, Vox y Ciudadanos y la segunda autopsia al toro no diga lo contrario. 

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Lo primero que tiene que hacer un presidente de Gobierno al nombrar a sus ministros, antes de escrutar su pasado tributario y su singladura en las redes sociales, es fijarse bien en los nombres. Es preferible sacrificar currículum para ganar en solidez nominal, cacofónica si me permiten. Uno no puede tener un Gobierno en el que la primera vicepresidente se apellide Calvo, la tercera Calviño, y al segundo le llamen el Coletas; y para colmo, la cuarta, la vicepresidente de Naturaleza y Medio Ambiente, se apellida Ribera. ¿No creen que en Castilla y León ya tenemos suficiente con el nombre del consejero de Ganadería, Jesús Julio Carnero? Abundando en ello, y dejando al margen que las dos portavoces de facto se apelliden Montero, que se las trae, detengámonos un instante en Salvador Illa, que en principio pasa desapercibido per se; sin embargo, ojo al relanzar la carrera política de sus familiares de género femenino y primer grado de consanguinidad, enfangados irremediablemente en la declinación diminutiva: Raquel Illa, Isabel Illa... Ester Illa.
Lo del PP era otra cosa.
Rajoy Brey, Mariano.
Un nombre bien simple y bien discreto.
Una nombradía austera al frente del Gobierno de la prosapia, de los apellidos largos, requetecompuestos, rimbombantes y con mucho complemento del nombre para desgracia, todo hay que decirlo, del periodista de titulares predicativos: María Soraya Sáenz de Santamaría Antón; José Manuel García-Margallo y Marfil; Íñigo Méndez de Vigo y Montojo; Íñigo de la Serna Hernáiz; Luis de Guindos Jurado... Y hasta ministros de las nacionalidades llevando la resonancia de su reivindicación histórica hasta el último extremo: Dolors Montserrat Montserrat, por si no se habían enterado que soy catalana: «¿Cómo dice?» «Monsterrat Monsterrat» «¿Con uve y hache intercalada verdad?» «¡¡Aquest tio és gilipolles, pallús, pelacanyes...!! ¡Anda ves a prendre pel cul».

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Me quedo sin espacio. Qué lástima. La próxima vez seguiré dándole duro al Gobierno, y quizás los que mandan de verdad me llamen o me envían un wasap con emoticono para felicitarme y hasta me ponga un poco rojo (con perdón y sin que ellos se enteren). ¿Me ofrecerán una sinecura? ¿Me darán una palmadita en la riñonada o tal vez en el culete, con el dedo corazón llevando la iniciativa?... Seguro que Sánchez también lee mi columna, toma nota y habla con Redondo, el director del Gabinete de Presidencia, para prevenirle en caso de crisis de Gobierno. Yo le sugiero que se fije bien y aprenda de los apellidos extranjeros, siempre tan atinados y precisos: por ejemplo, Trump, triunfo, el apellido de un hombre de éxito en la economía, en las finanzas, en el amor... en el golf; Amy Winehouse, Amy casavino, sin palabras; o, sin ir más lejos, el nombre de mi impresora: HP.