Una vez más

José Ramón García Hernández


La tolerancia

10/01/2021

En una semana en la que todos mantenemos en la retina el episodio de discordia civil que supone la toma Capitolio en Estados Unidos, sede de la soberanía del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, como siempre han empezado las revoluciones desde el minuto uno en la historia, sea cual sea su formato, me lleva a compartir uno de los temas que les traigo una vez más : la desaparición o el sacrificio de la tolerancia.
Zweig en su libro, nos dice que cuando pensaba sobre cúal era la virtud en la que se fundamentaba ese mundo de ayer, no se detiene en la cultura que alcanzó esa Viena del siglo XIX, ni en la estabilidad política ni en el desarrollo económico. Afirma que la virtud que se esfumó fue la tolerancia y su vacío volvió posibles los extremismos. Esa frase manida, horrible y dura de que “tienes que elegir” de un maniqueísmo siempre interesado. O me sirves a mí o te transformas en adversario, casi de patio de colegio duro.
El Imperio Austro-Húngaro, por si les suena, se fundamentó en el respeto a las lenguas, instituciones y reconocimiento de singularidades de los distintos territorios que lo conformaban. Todo unido bajo una monarquía dual.  A todo eso se unía el que ese Imperio estaba poblado, según su propia nomenclatura, por distintos grupos y la única virtud cívica que podía favorecer la convivencia, o el discurso político y el importantísimo discurso científico era la auténtica tolerancia, que no se fundamenta en pasar de lo que piense, sienta o viva el otro, si no acogerlo como propio y entender y compartir que hay personas que nos rodean que piensan diferente, sienten otras cosas y viven otras vidas, a veces tan difíciles o más que las nuestras. La tolerancia por eso necesita siempre de la solidaridad y de su forma más perfecta, la caridad.
No es el relativismo de que todo vale igual. Esa es una confusión fundamentalista. No todo es lo mismo y el error no debe convivir con la mentira. Y para eso sirve la tolerancia para ver cómo piensa el otro, y con criterio, conocimiento y estudio y no con opinión, exponer con respeto donde puede encontrarse el error. 
Si no repasen conmigo y piensen por ejemplo que toda la revolución de la medicina por ejemplo del que está tan de moda con el lavado de manos la propuso Semmelweis; la psicología y la psiquiatría con Sigmund Freud; la arquitectura o pintura  con el movimiento de la Secesión presidido por Gustav Klimt; la economía con la Escuela Austriaca en la que destacan Hayek y von Mises; la sociología con Adler o Messner tiene lugar muy marcado en esa Viena, de verdad algo impresionante para el que quiera profundizar en este momento de la historia. La verdadera libertad necesita perentoriamente de la tolerancia.
Y aquí la pregunta es ¿qué le ocurrió a la tolerancia?  y Zweig en su depresión no quiso responder. La tolerancia y lo hemos visto por ejemplo con los ataques de odio anónimos en las redes sociales, es una virtud que se desgasta poco a poco y que es muy difícil de restaurar. Su proceso de destrucción empezó hace mucho tiempo. Casi parece la fábula de la estatua del Príncipe Feliz de Wilde, al que la golondrina arranca láminas de oro para socorrer a los necesitados, hasta que se afea de tal forma hasta que el Consejo decide que no sirve y la tiran al fuego. 
La tolerancia si lo piensan en voz alta conmigo, lleva mucho tiempo desgastándose, piensen en la cantidad de personas que hacen de la crítica acérrima y en todo lugar su razón de ser sin un solo pensamiento constructivo.
Y aquí solo vale la práctica individual, no si los demás son tolerantes, es más bien si yo lo soy y la practico contra viento y marea, aunque el mundo como en el poema de Kipling, haya perdido la cabeza.