Fragua histórica

Abel Veiga


De la tierra donde caiga

10/01/2021

Mi cuerpo es de la tierra donde caiga”, así lo dejó dicho Manuel Azaña, el segundo de los presidentes de la segunda República, esa que este año cumple noventa años desde su proclamación. Casi todo está escrito, pero no todo está leido y menos comprendido. Comprensión, tal vez es la palabra maldita, como quizá, otra, no menor ni de efímero empaque, memoria. De eso no vamos sobrados los españolitos. Tan dados al garrotazo, a la pelea verbal y al sectarismo. Basta ver y escuchar el griterío vacío y forzado de nuestra mediocre clase política. Tal vez el reflejo más exacto de la sociedad española de este momento de vaciedad absoluta y relativismo insondable pero a la vez cansino. 
Azaña murió en el exilio apenas un año después de acabada la guerra. Allí, en suelo francés, como el poeta, están ambos enterrados. También cientos y cientos de españoles que tuvieron que huir de una represión y una derrota ciertas. No fue hospitalario precisamente para la mayoría de aquellos republicanos españoles el recibimiento ni el trato que se les dieron en el país vecino. Aquél poeta, Antonio Machado está enterrado en Colliure. Azaña, Manuel Azaña, en Montauban. A ambos, y no es la primera vez, los gobiernos de la democracia han manifestado su intención de traerlos a España. Pero ¿podrían hoy entenderse la vida, la obra y la historia de Azaña y Machado si sus restos mortales se trasladasen a España? O ¿acaso no es sino su muerte en el exilio, y terrible en ambos casos, el punto final pero existencial que configura su vida y su ser?
Baste ver las imágenes de un anciano Machado de solo 64 años días antes cuando cruzó la frontera y la de su madre llevada en brazos para darnos cuenta de la crudeza, la crueldad y la frialdad de un exilio y una huida. ¿Por qué una y otra vez volvemos a esta vieja idea sin recorrido? No se puede entender al último Machado sin sus versos finales de los últimos años o el verso suelto con “su sol de la infancia” en el bolsillo de su chaqueta el día de su muerte.
Azaña ha sido reivindicado por derecha e izquierda, por monárquicos y republicanos. Amado como odiado, detestado como admirado. Relegado durante décadas, vituperado, denigrado, insultado. Hoy y ahora recuperado el honor y la valía, pero también la percepción general.  
Mucho tiempo tiene aún que pasar en este solar patrio, viejo pero no desvencijado aunque a algunos ya les gustaría para que podamos observar y ver, que son conceptos distintos, sin animadversión nuestra propia historia y pasado más reciente. Azaña murió y está enterrado en suelo francés. En una tuma que centenares y centenares de españoles visitan y deberíamos visitar como la de Machado para no olvidar de lo que fuimos capaces. Dejadles tranquilos. Si queréis recuperar cuerpos háganlo de las centenares y centenares de fosas en cunetas y montes o cerca de cementerios que todavía hay en España, a ellos sí dadle el entierro digno que merecen. Eso no es solo memoria, es justicia para ellos y los suyos. Morir por ideales es y será una tragedia, como lo es toda guerra.
Azaña lo dijo, “mi cuerpo es de la tierra donde caiga”, ¡qué importa la nacionalidad de esa tierra! , si su vida, su testimonio, su obra, con aciertos y errores es conocida, comprendida o no, pero compartida. A Azaña, a Machado solo hay que leerlos. Léanlos, redescúbranlos.