Lo social

Pilar Álvarez


Utopía...

20/06/2020

Lo justo solo puede ser decidido cuando se adopta en consenso como procedimiento, considerando que si las normas afectan a todos, deben emanar del consenso mayoritario, pues en asuntos que han de beneficiar o perjudicar a todos, es preciso actuar de acuerdo con el consentimiento general. Sin ser una solución perfecta, porque tal perfección no existe, el consenso es quizás la mejor de las formas de llevar la ética a la sociedad, la menos mala, precisando que la ética no nace automáticamente del consenso.
La aceptación de normas de respeto básicas que nos lleven a la buena conducta, implica rechazar una argumentación puramente estratégica ideológica. La posibilidad de mentir dejando de lado los asuntos que beneficien desde una conciencia puramente desinteresada, en beneficiando de  la ciudadanía, «por tan mencionado bien común» sería necesario pedir como condición, que ciertos consensos estén integrados por sujetos imparciales, bien informados, y formados, con el rigor necesario, y una gran dosis de reflexión y conciencia. 
Para garantizar la limpieza de ciertos procedimientos se pide a los representantes, en este caso de nuestra querida España, que no vayan interesadamente a lo suyo, pues se debe actuar con justicia. Pero llegar a esta situación ideal, requerirá una educación, un comportamiento por parte de la mayoría, algo que comprobamos a diario en los hemiciclo está lejos de lo expuesto. 
Sin embargo, es preciso tender a esa situación ideal, esa sería la meta de la ética aplicada, en medicina, empresas, ciencia, información, economía, y sobre todo política. 
Larga escala, dado que los acontecimientos se suceden con enorme rapidez, y cada día estamos más interesados por las cosas cercanas, pues la misma clase política nos alega del compromiso global, y poco como ciudadanos de «a pie» podemos hacer, dado que el primer compromiso en este momento es con uno mismo, como la caridad. En estos momentos donde la supervivencia se pone un tanto difícil, y en varios frentes, poco pensamos en algo tan necesario, yo diría imprescindible, como es la educación, y formación cívica ciudadana. Todos luchamos en este presente por ver, y encontrar un horizonte seguro, para poner metas con el propio esfuerzo, el mismo  que mana de la ilusión de progreso de vida, tanto personal como familiar, o social, etc. «pero el mañana se ha convertido en la subsistencia del hoy».
Está claro que no vivimos en el paraíso de la justicia social, por eso es fácil la tentación de la utopía política, tentación inocente cuando no va más allá del papel. Hasta Marx comprobó que la sociedad humana dejaba mucho que desear, entonces escribió sobre la República, por no soportar los efectos perversos de la democracia corrupta. Pero la República tampoco es un mundo feliz, es un Estado cuasi policial, donde se alcanza el triunfo de la justicia al precio demasiado elevado de la rigidez y el autoritarismo. 
Platón imaginó la condición humana sumida en la caverna, y propuso la República. Dos mil años más tarde Marx exploró y diagnosticó que las intransigencias, las violaciones, las desigualdades económicas y sociales, tenían su origen en la defensa y acumulación egoísta de propiedad privada. Kant ya había escrito que detener el poder daña inevitablemente el juicio, algo que corroboran los mismos poderosos. Giscard d Estaing  exclama en sus memorias: «¡Es espantoso cómo cambian los hombres en el poder! Al final, reconocemos en la justicia nuestra gran esperanza, y no esperamos la utopía porque el ser humano con sus egoísmos y defectos, no puede forjar nada que sea del todo recto».