Sostiene Pereira

Julio Collado


Cuando despertó...

15/06/2020

Sostiene Pereira que tiene la sensación de haber estado estos tres meses de epidemia en una especie de retiro, de sueño deslabazado, de útero materno, de prisión. Unos meses que no sabe si se le han echo largos o cortos. Un lío mental. Se asomaba a la ventana y al ver la calle desierta de coches y al no oír el guirigay de niños le atrapaba la melancolía el desconcierto. Había desaparecido la vida tal como era hacía unos días. El cambio llegó como un terremoto, como un precipicio en plena carrera. Desde la ventana, también veía la vida exuberante de árboles y arbustos en el pequeño jardín y un montón pajarillos cantarines. Esto le reconciliaba con la vida. Porque la otra vida, la que se había presentado como invitado sin avisar, traía miedo e incertidumbre. Miedo sobre todo, a que enfermara algún ser querido y a que los hospitales colapsaran. Después de este primer sofoco, se fue acostumbrando a esa otra forma de ser y de estar: más monacal, más lenta, más serena, y con más tiempo para leer y releer; para repasar sus muchos apuntes de tiempos pasados y ver qué ocurría hace algunos años y comparar para intentar comprender. Lo peor de lo nuevo, la lejanía impuesta a las risas y a los abrazos de su nieto. Ahora que se va abriendo la veda, observa que algunos no quieren salir de casa, útero protector, para volver de nuevo a la jungla de antes. Dicen los sicólogos que tienen el síndrome de la cabaña. ¡Toma allá! A poco que se descuida el personal, le aparece un nuevo síndrome. O sea, otro miedo.
El trastoque producido por el covid-19 es tal que no se sabe cómo llamar a este nuevo tiempo. Esta sociedad no había experimentado nada parecido y hubo que improvisar desde la «A» a la «Z». Había que aprender a convivir con un ser invisible y muy dañino. Y a recordar que no hay  vida sin riesgo. Primero, fue el confinamiento, el viejo sistema empleado históricamente para combatir las epidemias; después, las desescaladas por fases; la distancia social, las mascarillas, los aforos y el termómetro. Con esta nueva jerga, el personal ha tenido que recordar el S.M.D. (Sistema Métrico Decimal) y la geometría para hacer bien las colas en oficinas, fruterías, panaderías, Centros de salud, mesas en las terrazas y un largo etc. Sin alharacas, el teléfono ha demostrado ser un método eficaz tanto para pedir naranjas como para una llamada médica. Y el termómetro, como sistema de control en el trabajo como el DNI para pasear por la calle en la Dictadura.  
En un futuro cercano, o eso se atisba, vendrá un nuevo palabro, nuevanormalidad. Nadie sabe a ciencia cierta cómo será de nueva ni de normal. Así las cosas, no es extraño que haya tres posturas entre las gentes: los que no quieren salir de la «cabaña», porque les repele el pasado cercano; los convencidos de que la epidemia  ha hecho mejor al personal y el mundo que viene será Jauja y los pesimistas del nada cambiará en lo esencial porque el género humano se olvidará de la tragedia, como se olvidó de otras, y volverá a las andadas. Suceda lo que suceda, y eso dependerá del sentido común y de la responsabilidad ciudadana y de los grupos de poder económico y político, parece claro que, si no cambian los modos de producir-trabajar y las formas de consumir, tan absurdas y disparatadas hasta anteayer, la vida futura será un poco peor que la anterior. Durante algún tiempo, cuya duración dependerá de una vacuna, habrá nuevas fronteras en las relaciones personales: la mascarilla y la distancia social. Estarán en larga cuarentena los besos, los abrazos, los juegos colectivos de los niños, los bailes, los teatros… El lenguaje del tacto, imprescindible para el desarrollo afectivo y social, sufrirá un descalabro: nada de tocarse la T mayúscula (ojos, nariz y boca) y cuidadín con las manos. ¿Cómo va a ser posible la vida escolar en Colegios angostos, en aulas como jaulas, en patios enanos y exceso de alumnado si los niños y las niñas tienen que “respetar la distancia de seguridad”? Tarea tiene la Comunidad Educativa.     
Todo puede ocurrir después de este cataclismo, que parece un mal sueño al estilo del cuento de Augusto Monterroso: «Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí». O el del protagonista de La metamorfosis (La transformación) de Franz Kafka: «Cuando Gregorio Samsa se despertó una noche de un sueño intranquilo, se encontró en su cama convertido en un monstruoso insecto». Puede que todo cambie para que todo siga igual: los insultos en el Parlamento, las banderas convertidas en banderías, las penurias en los Servicios Públicos, la pobreza, la caridad en vez de la justicia, las guerras, el trabajo y el teletrabajo de horarios imposibles, las prisas, la violencia machista, el turismo desnortado, el fútbol, los juegos de azar, el consumo kafkiano, el maltrato a la Tierra, las actividades extraescolares… Y todos con mascarilla.  
Menos mal que la «paguita», tan denostada por quienes no la necesitan, o sea, el IMV (Ingreso Mínimo Vital) ha llegado para aliviar el hambre a muchos niños, a muchas mujeres y a algunos hombres; que la pobreza también tiene género femenino. Porque otro mundo es posible, merece la pena imaginarlo y crearlo.