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José Guillermo Buenadicha Sánchez

De la rabia y de la idea

José Guillermo Buenadicha Sánchez


El vagón de la venganza

11/11/2022

Las once de la mañana, el once del once. No de la ONCE, cual campaña publicitaria, sino hora y fecha en los calendarios de los vecinos galos: día festivo. El Armisticio, con mayúscula, lo mismo que la guerra que finiquitó fue durante un cuarto de siglo solo la «Gran Guerra», antes de que otra, aún más grande, la obligase a tener que usar el ordinal y pasar a ser la primera de las mundiales.
Los ingleses capturaron a Juana de Arco en Compiègne, al norte de París, durante la Guerra de los Cien Años -duró ciento dieciséis, para ser exactos-; algo que nunca olvidaron los franceses a pesar de ganar esa contienda. No sé si es por ello, pero allí, en 1918, en un vagón de tren en un bosque cercano a Rethondes, sellaron el fin del drama -redefinió la palabra «horror» o la noción de lucha- que desmembró a Europa y a buena parte del mundo, marcando el auténtico comienzo del siglo XX. Con esa firma moría también un imperio, el prusiano, instigador de las hostilidades en un enfrentamiento que todos vieron venir y nadie supo frenar. El mariscal francés Fochs impuso durísimas condiciones -rematadas luego en Versalles- a una abatida delegación alemana.
Al igual que millones de sus compatriotas -si es que los había en un continente en el que las fronteras se rehacían cada día-, un cabo, nacido austrohúngaro pero alistado en las filas alemanas y que se recuperaba en un hospital de un ataque con gas mostaza, interiorizó ese armisticio y las condiciones por él dictadas como una humillación y una traición. A lo largo de las dos décadas siguientes siempre lo tuvo presente, tumor enquistado en su locura y megalomanía. Cuando Hitler invadió Francia, logrando la rendición del gobierno de Petain en junio de 1940, escogió el mismo punto en Rethondes donde se conservaba el vagón de la firma, en el «Claro del Armisticio», convertido por los franceses en un memorial con un mortificante monumento en el que estaba el águila imperial alemana empalada en una espada. Obligó a la delegación gala a firmar allí su derrota, cobrando la venganza tanto tiempo postergada. Acto seguido llevó el vagón a Berlín para exhibirlo como trofeo de guerra y conservarlo como botín. Pero al intuir el inminente fin del Tercer Reich, en marzo de 1945, ordenó que se dinamitase el carricoche para evitar que fuera una vez más parte de otra vuelta de tuerca en esa rocambolesca historia de venganzas y doblegamientos.
Años después, nuestros vecinos del norte repusieron en el claro otro furgón, gemelo del anterior, en nuevo memorial, hoy símbolo de la paz. Y he de decirles, estimados tres lectores, que no lo comparto. De las pocas cosas inteligentes que hizo el cabo austriaco fue acabar con el receptáculo de tantas vejaciones. Ese vagón era alegoría de vencedores y vencidos luchando con sus traumas, un péndulo revanchista, Talión en el que millones de personas fueron peones sacrificiales, tuertos y desdentados. Simbolizaba lo malo, no lo bueno. Me pregunto si en España no estaremos talando un claro en el bosque de nuestra convivencia para traer a él vagones donde firmar vanos armisticios con la historia, sin darnos cuenta de que lo único que lograremos con ello es revivirla antes que recordarla y respetarla.