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Rastro templario en Avila

David Casillas
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Dámaso Barranco recupera en libro de reciente edición los vestigios que de la orden del Temple quedan en nuestra provincia, muy pocos ya que tras su desaparición se intentó destruir toda su herencia

Dintel del Palacio de Valderrábanos, donde se lee en la piedra, abreviado, el lema templario: «Non nobis Domine, non nobis, sed Nomine Tuo da Gloriam». - Foto: David Castro

Los templarios, esos monjes-guerreros a los que el mito a veces ha desdibujado y en demasiadas ocasiones trivializado quizás por un excesivo afán de fácil idealización, tuvieron en territorio abulense una presencia y una trascendencia más relevantes de lo que suele destacarse en los libros de historia, pero su rastro, igual que se hizo con él en casi toda Europa una vez que la Orden del Temple fue condenada a la desaparición por los grandes poderes políticos y económicos que tanto la temían (y la debían), se ha perdido casi por completo.

A rescatar esa huella, la de una «realidad olvidada y ocultada» que «bien merece ser recordada», ha dedicado el investigador abulense Dámaso Barranco un libro de reciente publicación, un trabajo que en pocas páginas (que son las justas tanto porque resume en ellas lo que quiere contar como porque el rastro que persigue es desgraciadamente ya muy poco visible) bucea en el pasado para desempañar sus nieblas.

Pocos, muy pocos vestigios quedan en el presente de la presencia templaria en Ávila, explica Dámaso Barranco, y eso es debido a que «su rastro fue muy bien borrado» y, también, a que su labor en estas tierras, sin dejar de ser relevante, lo fue menos que en otras zonas debido a que «los templarios se asentaron preferentemente en el entorno de las rutas jacobeas o en zonas fronterizas y de choque con el infiel; y que, además, en el caso que nos ocupa, las necesidades militares del entorno ciudadano abulense, si nos atenemos a la reducida dimensión provincial, estaban suficientemente satisfechas por el importantísimo poder de la milicia concejil con que contaba la ciudad amurallada desde el momento mismo de su repoblación».

El principal peso que los templarios tuvieron en suelo abulense, explica Dámaso Barranco, estuvo en el sector económico de la ganadería, ya que fueron ellos quienes «recuperaron la trashumancia y la impulsaron» después de que esta práctica de movimiento estacional del ganado se perdiese varios siglos al haberse convertido esta tierra en peligrosa zona fronteriza.

Los templarios, que solían situarse «en zonas de difícil asentamiento poblacional», fueron de esa manera fundamentales para la consolidación de la Transierra (al suroeste de Gredos) y la zona de San Vicente (zona situada entre lo que ahora son las provincias de Ávila y Toledo), pero ni siquiera allí quedan vestigios de su presencia y su labor, ya que fue muy intenso el empeño de «borrar toda evidencia documental y física de su presencia».

Así las cosas, explica Dámaso Barranco que los lugares abulenses en los que se ha documentado que los caballeros templarios tuvieron alguna posesión fueron cuatro (tierras en Aldea del Rey Niño y Duruelo, un convento en lo que luego fuera la ermita de la Capilla de Arévalo y tierras en el hoy despoblado de Moraleja de Santa Cruz, cerca de Arévalo), a las cuales se suma la encomienda de Villanueva del Campillo, un asentamiento notable y dilatado.

El grueso del libro se centra precisamente en la encomienda de Villanueva, emplazamiento templario que Dámaso  Barranco fecha en torno al año 1169, un tiempo de reconquista en el que el ‘infiel’ llega hasta Ciudad Rodrigo y se acerca a Ávila. La posesión de un castillo en Villanueva del Campillo, localidad situada en el vértice de la frontera creada entre los territorios castellano, leonés y almohade, significó contar con una posición «resguardada y protegida, ideal para la emboscada y el repliegue en caso de que el acoso enemigo fuese contundente y obligase a acastillarse en retaguardia».

Para defender la existencia de aquella desaparecida  fortaleza, estratégicamente situada tanto para defender el territorio como para controlar los ricos pastos de la zona, se sirve el autor del libro de varias «acreditaciones documentales», como por ejemplo manuscritos de los párrocos de la villa que hablan de la presencia allí de los caballeros templarios (uno afirma que una de las campanas de la torre más antigua es templaria y otro comenta que la torre de la fortaleza templaria quedó adosada a la iglesia para que sirviera de campanario) y analogías de toponimia y advocaciones religiosas de esa localidad con otros lugares de asentamiento templario demostrado.

También apunta Dámaso Barranco otros «indicios y circunstancias que vienen a reforzar la existencia del asentamiento templario de Villanueva», como la advocación a la estaba encomendada una iglesia anterior a la actual (a la madre de Dios), la existencia de una flor de lis tallada en el dintel de lo que fuera la antigua iglesia y en otros próximos a ella (ese símbolo era colocado en las viviendas templarias como signo iniciático) y, por qué no, la predilección de los caballeros de la Orden por asentarse en lugares previamente habitados por celtas, «circunstancia que se da clarísima en Villanueva, puesto que posee la mayor figura zoomorfa de cuantas nos hayan legado los vettones».

A todos esos argumentos suma, a mayores, el descubrimiento en las proximidades del pueblo de una pila excavada en la roca madre que Barranco afirma que pudo servir como pila bautismal del tipo de las que usaban los templarios; el nombre de una calle de la localidad que sube hacia la antigua fortaleza, Del Doncel, que el autor del libro interpreta que «tiene visos de deberse a la memoria de algún joven y destacado templario», y la raíz del propio nombre del municipio, Villanueva, que «nos hace pensar en un asentamiento surgido en torno a la fortaleza, en el que se aglutinaran al menos cinco asentamientos anteriormente existentes en el territorio más cercano, y que acreditan las tumbas excavadas en roca que de ello dan fehaciente testimonio».

Aquella fortaleza, como otras levantadas por los templarios, fue destruida en torno al año 1272, siendo reutilizada su base para levantar la actual iglesia.

en Ávila. También existe en la  ciudad de Ávila una señal clara de la presencia de caballeros templarios en la capital, tal y como explicó Dámaso Barranco que le había puesto de manifiesto la directora del Museo de Ávila, María Mariné. Ese vestigio está perfectamente visible, tanto por su excelente conservación como por su ubicación en pleno centro de la ciudad.

Se trata de la portada adintelada del Palacio de Valderrábanos, la única parte que se conserva de la casa original de Gonzalo Dávila, caballero de la rama de Velada y Sanromán que perteneció a la orden de Calatrava, conocida también como la de los ‘templarios ibéricos’, ya que estaba formada por monjes guerreros.

En ese bajorrelieve en roca un doncel organiza la composición; a su mano derecha resalta el escudo de Gonzalo Dávila, a quien por su valor en la batalla por la conquista de Gibraltar concedieron los Reyes Católicos el honor de añadir a los seis roeles de su escudo un león coronado y la bandera de los moros de Gibraltar, y a la izquierda se lee en una retorcida cinta pétrea la inscripción latina «Nom nobis dne no nobis set noi tuo da glim» (abreviatura de Non nobis Domine, non nobis, sed Nomine Tuo da Gloriam, que significa «Nada para nosotros, señor, nada para nosotros, sino para la gloria de tu nombre»), himno del salmo 113:9 que San Bernardo de Claraval, su primer padre espiritual, impuso a la Orden de los Caballeros Templarios como lema.

Ladillo Texto primer parrafo

texto segundo parrafo

Lleva el libro en su portada un mapa que reproduce la extensa superficie que ocupaba el territorio abulense en 1181, un suelo que aparte de lo que ahora es la provincia de Ávila (más o menos) llegaba por el norte hasta Olmedo, tenía su límite sur en el río Tajo y aún en parte de su orilla izquierda en torno a su afluentes Ibor, y lo cerraba hacia poniente el río Alagón en su desembocadura con el Tajo y el Gata en su encuentro con el Alagón, incluyéndose en esos miles de kilómetros cuadrados localidades ahora extremeñas como Hervás, Garrovillas, Coria o Santibáñez el Alto y un buen número de asentamientos templarios, la mayor parte de ellos en el suelo que ya pertenece a otras provincias.

El contenido del estudio de Barranco arranca con una introducción que resume la historia del Temple (creada en 1118 y reconocida por la Iglesia en 1128) y su organización, para ir luego de más a menos en su acotación espacial, comenzando por Castilla y León, donde algunos historiadores sitúa ya a los primeros templarios en el año 1130 y centrarse luego, a partir del capítulo cuatro, en la presencia del Temple en el actual territorio provincial abulense.