scorecardresearch
Álvaro Mateos

El Valtravieso

Álvaro Mateos


Aquellos niños de Chernobyl en tierras de Ávila

07/03/2022

Corría el mes de octubre de 1995 cuando, a partir de una iniciativa local, un grupo de 24 niños procedentes de Bielorrusia fue a pasar una temporada a Las Navas del Marqués. Fue el comienzo de una serie de veranos y períodos más largos que posteriormente contarían con la llegada de niños de Ucrania, del Sáhara y de otras partes del mundo, con actividades que todo un pueblo fue desarrollando, volcándose con ellos.

Los que formaban parte del primer programa habían sufrido directamente las secuelas de la radiactividad tras el accidente de Chernóbyl y todo nos llevaba a pensar en clave positiva que los desastres que habían vivido a su alrededor no regresarían jamás. Niños que no habían cumplido los diez años y presentaban algunos problemas de salud que en esos momentos no eran graves, aunque hay que tener en cuenta que el nivel de oncología infantil en aquellas zonas es un 300 % superior a la media.

Nadie podríamos imaginar que casi treinta años después precisamente la zona de exclusión con la central de Chernóbyl, así como la más grande de toda Europa, la de Zaporiyia, se convertirían en botín de guerra y chantaje de un déspota ruso, entonces un alto cargo de la Alcaldía de San Petersburgo.

Y es que, a estas alturas de siglo, después de haber vivido demasiados acontecimientos históricos, como una pandemia, la erupción de un volcán y un fenómeno meteorológico atípico, como Filomena, no entra en la cabeza cómo podemos estar enfrentándonos a la invasión de un país soberano a partir de una guerra convencional, tentando a la suerte como para desembocar en un conflicto global y total.

Ni nosotros ni nuestros hijos lo entendemos; por mucho que participemos en manifestaciones, veamos en los informativos imágenes de personas que podrían estar en nuestra misma situación, e incluso convivamos con niños o jóvenes ucranianos, no conciben que la ambición y el mal sean capaces de conducir a los extremos a los que se llega cuando la guerra y la destrucción se abren paso. Es difícil explicárselo: decían que después de un siglo XX marcado por las guerras, vendría un siglo XXI místico y de meditación, … y volvemos a las andadas.

Parece que hemos aprendido muy poco, con millones de refugiados por todo el mundo, saltos a las vallas de las fronteras, líderes que quieren volver a levantar muros… y cuando el planeta daba sus primeras sensaciones de intentar recuperar la normalidad tras el COVID, nos plantamos en otra guerra sin sentido que vuelve a sembrar de muerte y a dividir familias en el continente europeo, que amenaza con más destrucción y pobreza.

Decía un filósofo que en Ávila conocemos bien, Jorge Santayana,  que quien olvida su historia está condenado a repetirla. Su frase está escrita en la entrada del bloque número 4 del campo de Auschwitz. No lo olvidemos jamás: de nuevo un dictador invade un país para seguir soñando con un imperio perdido. Todos sabemos cómo terminan estas cosas. Esperemos que por un momento se estreche el cerco mundial frente a la irracionalidad y el sinsentido que pretende Putin y nada vaya a más.