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Lorenzo Fernández

Aula de papel

Lorenzo Fernández


Sálvese quien pueda

28/02/2022

Estoy de acuerdo con quienes sostienen que lo ocurrido estos días de atrás en el Partido Popular no es para nada un hecho puntual más o menos grave, sino que es el resultado, la culminación, de un pulso de poder sostenido desde hace meses entre la dirección nacional del partido (Génova, en términos periodísticos) y una de sus militantes más en órbita, que no es otra que Isabel Ayuso.
La supuesta corrupción de la presidente madrileña en el polémico contrato de las mascarillas y otros no ha sido la causa del conflicto, sino la excusa, el detonante último: un argumento idóneo para bloquear el ascenso político de la exitosa dirigente autonómica y que ésta se hiciera –de momento- con el control del partido en Madrid. 
Así fueron discurriendo las cosas hasta que ella, harta, racaneando información y dolida por lo que ha considerado chantaje a cargo de la dirección nacional poniendo en cuestión su honorabilidad, decidió cortar amarras y lanzar un órdago irreversible que puso el partido patas arriba. Dicho en lenguaje popular, habrá que añadir que en esa su ofensiva política y dialéctica la impulsiva Ayuso se ha pasado varios pueblos.
Hay que remontarse, en efecto, tiempo atrás y recordar cómo medios políticos y periodísticos fruncieron el ceño ("hacer con el rostro demostración de enojo", según el por mí tantas veces invocado diccionario de la Real Academia Española) cuando en el congreso de sucesión de Rajoy, Casado deja a Soraya Sáenz de Santamaría con la miel en los labios y sale victorioso contra todo pronóstico.
Era demasiado joven y el que menos experiencia profesional y de gestión política acumulaba de los distintos aspirantes. Desdichadamente tal carencia y otras circunstancias sobrevenidas con el tiempo han resultado determinantes. El hecho es que a tres años y medio de aquella efeméride Casado no ha podido o sabido dar el más intenso perfil político que el nuevo mandato le requería.  No ha cuajado. O si se prefiere: no ha logrado captar para sí el arrastre político y popular de exitosas organizaciones territoriales como Madrid y Galicia.  
Siempre me ha llamado la atención la soledad interna de Pablo Casado. Con Rajoy se fueron a destinos más confortables buena parte de los rostros más conocidos de la formación política. Con Casado permanecieron muy pocos, que, por lo demás, se han venido sumergiendo en largos guadianas de silencios y desapariciones públicas.  Prácticamente desconocidos son, por ejemplo, buena parte de los reducidos integrantes del Comité de Dirección. Y ya nada digamos de ahí hacia abajo.
El sistema político y mediático general no sólo no le ha ayudado, sino todo lo contrario.  Antes incluso del tumulto de estos días, buena parte de los medios le han llamado sin piedad de todo. E incluso quienes venían comportándose como más próximos han sido ahora los críticos más rotundos; los que con mayor intensidad y dureza han pedido su dimisión inmediata; en horas; mejor por la mañana que por la tarde. 
El profeta bíblico vaticinó en su tiempo cómo, "herido el pastor, se dispersarán las ovejas". Ahora ha sucedido al revés: dispersados barones, diputados y equipo de confianza, a Casado no le ha quedado más remedio que dimitir. Ha perdido el poder de un día para otro. La gestión del pulso Génova-Ayuso ha sido la puntilla.
Lo que mucho no se entiende –al menos por mi parte- es el "sálvese quien pueda"; esto es, la desbandada de altos cargos y representantes del partido urgiendo la dimisión. Y máxime cuando estaba comprometida ya la exigida cita congresual para la recomposición de la crisis. Los aplausos que la bancada parlamentaria del partido dedicó el miércoles a Casado en la sesión de control en el Congreso sonaron cuando menos a hipócritas.